En la planta baja había un olor exquisito, era algo característico de mi madre, era muy buena cocinera y yo había aprendido varias cosas, su sueño era tener una repostería pero su trabajo de medica no se lo permitía, le ocupaba demasiadas horas al día y a la semana. A veces cuando tenía sus vacaciones hacíamos variedad de pasteles, y subíamos unos cuantos kilos por supuesto. —¿Qué huele tan rico? —le pregunto cuando entramos a la cocina. —¡Sí, huele muy bien! —dice Mateo. —Hice una lasaña, le eche extra queso y jamón, orégano también, así que quedo como una pizza-lasaña —dice sonriendo. —¡Por dios mamá, que rico! —digo. Le ayudamos a servir, o más bien, ella servía y cada uno llevaba su plato, era algo que siempre habíamos hecho, nunca nos habíamos servido, solo cuando la otra estaba

