Cedric cortó el beso y me miró preocupado. —No voy a salir corriendo, no te preocupes —dije sonriente. — ¿Y no me vas a echar tampoco? Reí —Es tu casa Cedric. —Ah, cierto —dijo sonriente. — ¿Entonces si puedo besarte? Asentí y él devoró mi boca. Sus labios eran suaves, tan suaves que sentía que podía romperlos si los mordía. Por qué sí, quería morderlos. — ¿Saben ese cosquilleo en el estómago que sienten cuando besan a alguien que realmente les gusta? Pues exactamente ese cosquilleo sentí. Fue extraño, no sé cómo explicarlo. Pero no extraño de esos que desagradan. Los dos nos miramos sonrientes, después de un beso que no fue ni largo ni corto, fue un beso necesario, necesitado. Ninguno de los dos dijo nada con respecto a los besos, porque sí, habían sido dos y que buenos besos que

