No sé qué tenía yo, en serio no lo sé. A veces pensaba que el universo me premiaba por todo lo que había pasado, porque es que, ponía a personas maravillosas en mi vida. Y a pesar de que yo ponía su paciencia al límite, y juro que no lo hacía con esa intención, ellos siempre estaban ahí. El primero fue Ramsés, mi dulce Ramsés, mi osito cariñosito. Jodida paciencia que tuvo con este volcán de enojo que yo era en ese tiempo, y ahora tenía a Cedric. Diciendo que me iba a esperar cien años más. Y aunque era egoísta decirle que si, me había gustado su respuesta. No, no solo me había gustado, había amado su respuesta. Nos quedamos por horas hablando, o bueno, él hablaba mientras yo lo escuchaba. Podía quedarme horas, escucharlo, hablar y contarme de sus cosas. —Bree, ¿te gustaría ir a una cena

