Quisiera o no, me estaba dando cuenta de que estaba volviéndome loca. Lo sabía, y era consciente de eso y más. Pero conocía mi locura, conocía mis rayes, conocía lo que me hacía bien y lo que me hacía mal. Había borrado los números de Iván y Matías, la única forma de contactar con ellos era si alguno de ellos me hablara (algo que no iba a suceder porque si yo no me acordaba de ellos, ellos de mí no se acordarían) y así hubiese enviado señales de humo, o aviones a chorro con mensajes sobre su patio, tampoco habrían de recordar que existía aún. El problema con un s*****a es que piensa que una vez muerto, todos tendrían que recordarlo. Y lo más triste de aquello es que si me hubiese podido matar el día que intenté ahorcarme, y hubiese dejado una carta de s******o (porque de hecho la escribí,

