Oveja estúpida - Parte uno.

3507 Palabras
En resumen es esto. No voy a mentirles. Un par de cambios en mi imagen, y un cambio de amigas y amigos. Un amor ficticio, porque solo tenía lugar en mi cabeza, y un primer beso que no fue para nada lo que yo planeaba. No voy a mentir, me avergüenzo de esta etapa de mi vida. Por eso, esta parte de mi adolescencia yo la llamo ''estupidez''. Me tocó el mejor curso para todo el resto del colegio, para mí el peor. Porque no se a que directivo sumamente inteligente se le ocurrió que como éramos pocos en segundo año, unieran dos cursos en un mismo. Es decir, a los de primer año B los juntaron con los de primer año C. Casi sin querer estuve rodeada de gente que no me interesaba en lo más mínimo. ¿Saben a quién le tocó estar en mi curso? A Belén, la misma Belén que me rechazó en primaria, y la misma Belén que no quería que me cambiase a su salón. La mismísima. Igual no era un problema. Ella terminó cambiándose de salón porque su madre no quería que ella estuviese ahí porque el curso tenía mala fama. Y si bien esta parte es cierta, ¿en qué pensaba su madre? ¿Qué por cambiarse de salón iba a dejar de ser lo que era? ¿Qué esperaba de su hija? ¿Qué sea doctora o algo así? El curso para mí era una mierda, porque nadie me quería, pero eso no implicaba que para Belén era lo mismo. Es más, Belén era popular, se iba a divertir. ¿Pretendía aquella mujer que el curso no estropeé a su hija? Que gente tan delirante. Belén no iba a dejar de juntarse con la mierda si a ella le gustaba la mierda. Nunca había tenido curiosidad por la vida de Belén fuera del colegio, lo único que sabía es que ella tenía buenas notas y yo no. Sabía que era abanderada y tenía promedio diez, o que también tenía un hermano discapacitado y esto último me enteré en boca de otros. No me gusta ser despectiva cuando hablo sobre lo económico, si bien yo entiendo lo que es ser pobre, porque yo también lo fui. Pero Belén vivía en una casa de madera y esto lo descubrí años después. Ahora que lo sé, pienso que quizás por esa razón su madre hubiera estado tan preocupada en el futuro de su hija a tal punto de cambiarle en segundo año de salón solo porque no quería que su hija se descarrilara, viviendo en un lugar como ése, cualquiera querría que su hija tomase un camino distinto. Ahora digo; ¿No estaba lo suficientemente confiada en la capacidad intelectual de su hija como para dejarla con un montón de bastardos o simplemente temía que ella terminase igual? No sé hasta qué punto llega la incapacidad de las personas. Si alguien está destinado a ser brillante lo será, no importa si está metido en un nido de ratas. Si bien que Belén se cambiase de curso para mí era glorioso. No iba a tener a alguien más recordándome lo mierda que habían sido los años anteriores conmigo. Pero he aquí el problema; la culpa no la tenía Belén. Ella no era dueña de todo lo malo que me había pasado antes. Pero en segundo año de secundaria yo no lo entendía, y cualquier persona que me recordara a aquellas malas épocas era bazofia. ¿Saben que es lo gracioso? Es que probablemente mi segundo año de secundaria habría superado en desdichas a todos los años anteriores en un establecimiento escolar. Segundo de secundaria fue la mierda. No hay nada, sinceramente, que pueda salvar de aquél año. Para empezar mis amigas eran unas idiotas, pero en aquel momento comencé a ponerme límites, algo que antes no había tenido. Ludmila se la pasaba criticándome, haciendo chistes y burlas sobre mi cuerpo. Porque como si no fuese el colmo que estuviera en un salón rodeada de gente estúpida que solo se burlaban de mí, incluyendo a mis amigas, también había engordado como nadie. En el lugar de aquellos dos palillos chinos que suponían que eran mis piernas, estaban dos matambres horribles, que me recordaban a cuando en primaria Patricio me había dicho en burla ''tus piernas parecen de pollo''. La falda del uniforme, que me había acortado en verano (de largo, por supuesto) me apretaba, y cuando me sentaba se formaba una perezosa barriga de sedentariedad. Mis pechos me estaban creciendo, ni siquiera tenían forma, tenía los pechos caídos porque mamá en esa época no me compraba corpiños y me regalaba los de ella porque nunca usó. Pequeño detalle, mi madre tenía los pechos pequeños. También me apretaban. Y ni hablar del uniforme que el colegio cambió como cinco veces. Había empezado con un guardapolvo (delantal blanco) que las chicas acortaban hasta tal punto de que parecía una camisa. Después una chomba con falda (que dicho sea de paso yo la tenía hasta la rodilla) o en el dado caso de que no te gustase usar la chomba, estaba permitido usar camiseta azul con la insignia del colegio. Pero tampoco ayudaba, me hacía ver mucho más gorda. Esto del sobrepeso no lo resolví hasta cuarto año. En aquel año no lo noté. De hecho no notaba tampoco cuando estaba flaca. Porque cuando estaba delgada solo era yo y ya. Iba por la vida sin mucho esfuerzo, y no me preocupaba mucho mi imagen, ni siquiera me miraba al espejo porque no me agradaba verme como ya les había mencionado antes. Cuando ingresé a segundo año, la imagen que el espejo me devolvía era casi la misma, solo que para ese entonces me había teñido el cabello de una tonada del castaño. No era gran cambio, pero algo lo era. ¿Y saben qué? Aquel flequillo mal cortado de primero se había transformado en un fleco, y luego en un casco que parecía nido de avestruz. No sé que me pasaba en la cabeza al llevar peinados floggers en el 2010. Me delineaba los ojos con n***o, y me pintaba los labios. Era una auténtica emo. Daba miedo. Era un método anticonceptivo para los hombres. Nadie se me acercaba. Bueno, siempre había alguien que intentaba acercarse a mí del sexo opuesto y yo no les paraba mucha atención. No había dado mi primer beso, y nadie me interesaba a excepción de Matias. Un pibe de un año menor que me gustaba. Me animé a hablarle al chico que me gustaba y que siempre lo miraba en los recreos. Me hice amiga de sus amigas, y hasta amiga de su hermana. Que épocas tan espantosas. Porque yo disfrutaba los recreos mirándolo, y un día no era perfecto si no lo miraba al menos cinco minutos. Con eso me conformaba. Sabía que él no iba a quererme nunca, y aunque me hubiesen dicho algunas que otras bocas que sí tenía posibilidades con él, todo eso se desvanecía en el aire. Iba a su piso como una psicópata solo a verlo. Que espanto, el solo hecho de escribir esto me deja insólita. Qué asco de gente, enserio. ¿Aquello tan patético era yo? Me hago una imagen mental de cómo me veía el pibe y me invade una impotencia. Pero pienso que de no haber sido por aquel amor no correspondido y tan infantil de segundo, quizás no hubiese sobrevivido a los malogrados días de mi vida en aquél mismo año. Para que se hagan una idea de lo que yo vivía en aquel tiempo, les contaré que un día, yo venía trotando diciendo alguna estupidez y cantando, muy feliz, y Ludmila, la que era mi amiga, por broma me pone el pie y me caigo. Todo el curso se rió de mí ese día. ¿Con qué necesidad? ¿Cuál era la necesidad de ponerme el pie si yo era tu amiga? ¿Cuál? Y hasta ahora no entiendo a los estúpidos de mis compañeros que se reían de aquello. Jamás me reí de alguna caída, porque yo personalmente me vivía cayendo todo el tiempo de chica, y sabía que era horrible. Rita por su parte era buena conmigo, pero cuando estaba Ludmila cambiaba por completo. Ambas se reían de mí, hacían bromas estúpidas, y demás cosas. Un día, me había cansado de que Ludmila me descanse, y le dije; ''No sé de qué te reís tanto, negra de mierda''. Me había hartado. No me gustaba descalificar a la gente, y ese día me había sentido muy mal por haberle dicho aquello. Ella solo quedó mirándose con Rita con los ojos en blanco. No lo esperaban. Yo tampoco. Mi compañera de asiento Rocío se rió. Luego me felicitó. Alejandro me había dicho que estaba bien lo que había hecho, en aquel momento Alejandro se había vuelto más amigo mío y entonces me aconsejaba. Aunque más bien me llenaba la cabeza en contra de mis amigas. Pero todo aquello sirvió para que dejara de ser tan ciega, y viera que me merecía hacerme respetar. Rita y Ludmila vivían riéndose de todo lo que respectaba a mí físicamente, y yo jamás les había dicho algo sobre sus defectos. Los cuales sabía muy bien, y de memoria. Pero nunca me había sentido bien conmigo misma recordándole al otro los defectos que seguro por sentado ya los conocían. Pero uno se cansa de devolver bondad cuando te tiran mierda. Uno se cansa de ser bueno con las personas que no lo son con uno. Nada de lo que digo o diré en mi historia es moralmente aceptable. De hecho, nada de lo que suceda en la vida de alguien es moralmente aceptable. Porque los humanos no podemos ser siempre buenas personas y ser todo bonito, la gente suele ser mierda alguna vez o la mayoría de las veces. Esto se llama realidad. Todo aquello que no es moralmente aceptable es malo para aquellos que viven la vida limitándose a hablar o a decir lo que piensan. Si bien era moralmente inaceptable que yo criticara el físico de otras personas cuando ellas lo vivían haciendo conmigo. Lo moralmente aceptable era ignorarlos y seguir adelante. Pero lo moralmente aceptable no me apetecía. Lo moralmente aceptable no me llenaba, no me curaba, ni me desahogaba. Todo el hostigamiento no me lo quitaba. Lo moralmente aceptable iba en contra de lo que tienes o debes hacer dentro de los regímenes de un adolescente común y corriente. De chica me habían programado para pensar que si una nena me molestaba todo se resumía a que me tenía envidia. O que si un chico no gustaba de mi era un idiota. El mundo, o mis viejos, me programaban para pensar que yo era lo más perfecto de este mundo, ellos considerarían, supongo, que inflarme el ego me serviría. Pero no. Lamentablemente para salir a la calle hace falta algo más que el ego en alto. Me gustaba más la amistad que tenía con Rita. Ella me había contado cuando perdió la virginidad con su novio, y cuando casi quedó embarazada por primera vez (Y digo primera vez porque luego, al año siguiente se embarazó). Pero aquello no era tan resistente como la de Rita con Ludmila. Nuestro mini-grupo iba así; Rita se daba más con Ludmila, mientras que yo me daba más con Rocío. Sobre Rocío, ella se cambió de colegio ese mismo año, dejándome sin compañera de banco. Debido a mi trauma de la primaria de siempre sentarme sola, tenía un pánico porque en el momento en el que Rocío se fuera, me tuviera que sentar sola. Pero por suerte estaba Alejandro. Él accedió a sentarse conmigo los primeros días, hasta que luego le sugirió a uno de sus amigos que se sentara conmigo; Mauricio. Si bien Mauricio era uno de los más lindos del curso, junto con Alexis, yo no estaba interesada, aunque supiese muy en el fondo que tampoco tendría posibilidades. Cuando me comencé a sentar con Mauricio yo ya había dado mi primer beso. Mi primer beso. Hablando de eso, sucedió unos cinco meses después de que comenzara segundo año, y empezara a darme cuenta que mis amigas no eran tan amigas. Para empezar, Rita y Ludmila se vivían riendo que yo no había dado mi primer beso, y aunque yo les dijera que si lo había dado, para evitar burlas, ellas desconfiaban y aunque tenían razón, efectivamente yo no me había besado con nadie, pensaba en aquel momento como algo irrelevante e innecesario. Después de todo yo no estaba apurada por besar a nadie. Casi sin pedirlo, ni desearlo, comencé a hablar con un chico que se llamaba Maxi, aquel chico era bastante lindo, castaño claro, tenía un rostro agradable, también era de mi colegio pero iba a otro turno, él empezó a hablarme y un día, que estaba suficientemente aburrida, me dije a mi misma que estaba mal que nunca mantuviera contacto con los hombres, entonces le hablé yo, y no sé cómo, pero le habrá dado a entender de que estaba interesada en él. No me gustaba, claro. Yo seguía engatusada con Matias el pibe que no se acordaba ni que existía. Un día Maxi dijo que nos veamos y yo no fui a educación física, él no fue al colegio y nos vimos. Normal, yo tenía que volver antes de las cinco a mi casa porque sabía que mamá trabajaba y me quedaría afuera si no. Maxi compró unas gaseosas, nos sentamos a hablar un poco, entramos al shopping a jugar un par de juegos, hasta que le dije que me tenía que ir. Le dije que no me acompañe, porque tenía miedo de que en el camino me encontrara con mi madre, y no me lo pude sacar de encima antes, tenía miedo de que me besara o algo así. Efectivamente cuando llegamos a estar cerca de mi casa, donde insistió en acompañarme más, le dije que no, y que ahí lo dejaba. Bueno, pasó lo que tenía que pasar (o lo que él quería que pasara) y me besó. Cuando me besó sentí todo aquello que no había sentido antes, y que ninguna de mis amigas mujeres me lo había pintado antes; asco, repulsión, miedo, vergüenza, ¿esa es su lengua? Y un sinfín de cosas más. Me dejó en esa esquina, le sonreí, me sonrió, y se fue. Bien, no lo voy a volver a ver nunca más, por mí que se vaya al averno. Maldito hijo de puta que me robó lo único inocente que tenía en segundo año, y lo único que esperaba que alguien especial lo tuviera; mi primer beso. Pero eso no fue lo peor. Caminé un poco hasta visualizar a mi mamá. Sí. Mamá me había visto besar a un pibe. Todo fue tan espantoso, todo el mundo caía sobre mí. Mi primer beso había sido arrebatado por un infeliz al que ni siquiera quería (porque hubiese querido dar mi primer beso con alguien como Matías. Me lo había planeado tantas veces en la cabeza) y para colmo había destruido la imagen de nena buena que tenía mamá sobre mí. Ella dijo; ''Cuando vuelva a casa vamos a hablar''-murmuró mientras se iba alejando. Se oía algo enojada. Me asusté. En ese momento me bajó todo. El mundo, la vida, todo estaba sobre mí. Decepcioné a mi mamá, y para colmo está enojada. Quiero volver a casa. Al llegar a casa me encontré con papá, recé para mis adentros que cuando mamá llegase a casa no le contara de lo que había visto a papá. Decepcionar a dos de mis padres no lo aguantaría. Así como llegué esquivé toda pregunta de papá solo para meterme lo más deprisa en mi habitación y quedarme ahí hasta que mamá llegara. — ¿Te encontraste a tu mamá en el camino? —Sí papá, lastimosamente sí. —Sí, me saludó. —Ahh. ¿Y esa gaseosa? —Me la compró el imbécil que acabó de robarme mi primer beso. —Nada, me la dio una amiga porque no quiso terminarla. —Ahh, ¿te vas a acostar? —Sí, a llorar. Porque me metieron la lengua hasta la garganta. —Sí, estoy muy cansada. Hice mucho en gimnasia. —No hice una mierda, solo quiero acostarme. Tan pronto le dije aquello, me induje en mi cama, y de pronto encontré lugar ahí. El mejor lugar para llorar por todo, para deprimirme por una estupidez, y para replantearme que le iba a decir a mamá cuando volviera, y porque no también, para asquearme de las últimas horas de mi vida. Cuando papá se fue a trabajar, fui a vaciar la gaseosa que Maxi me había regalado sobre el fregadero. Quería ver esa botella vacía. Quería olvidar todo aquello. Quería olvidarme de que me besé con alguien y que todo eso fue lo más lejos de lo que había visto a todos los besos en la tele. Fue un asco. No iba a volver a besar a nadie más a partir de ese día. Me iba a volver lesbiana, monja si era posible, con tal de no volver a tener una lengua limpiando mi garganta. Llegó el momento en que mamá llegó de trabajar, y fue directo a mi habitación como me lo esperaba. Fue la primera charla madre e hija íntima que tuvimos y fue un desastre, bueno, la segunda charla madre e hija íntima que fue un desastre. La primera se llevaba por mucho cuando creímos que me había llegado el periodo y solo me sangraba el recto por una reacción alérgica al chocolate, asqueroso pero cierto. Ese día mamá le contó a toda la familia que su hija por fin había dejado de ser una nena y era una mujer. Claro que toda esa vergüenza se desvaneció cuando efectivamente descubrimos que el periodo no te llega por el trasero si no por la v****a, y cuando meses después me llegó el periodo, pero esa vez mamá omitió lo de contárselos a todos, y guardó el secreto y también se tragó alguna que otra frase de madre del año conmovida por la primera pérdida de óvulos de su única hija mujer. En fin. Mamá entró y se sentó a mi lado. Y me empezó a hablar sin dejar a lugar que yo dijera lo que le iba a decir. —Florencia, yo te voy a comprar pastillas anticonceptivas. —dijo mientras se llevaba la mano al entrecejo y me miraba con culpabilidad y cierto aire de vergüenza, o no sé si yo lo sentía así porque me estaba muriendo de vergüenza. —¿Qué?! ¿Por qué?! —Porque ahora que ya tenes un noviecito, después vas a empezar a tener relaciones y... Lo que no entendía mamá, es que desde hace años que las personas no daban el primer beso con la misma persona con las que iban a mantener relaciones sexuales. Que no todas las personas a las que te besabas eran tus novios, y que no todos tus novios eran para tener relaciones sexuales. En aquella época estaba muy de moda decirle ''toque'', a los chicos con los que uno se besaba sin ser nada (solo besos, nada de sexo) y al menos las más rescatadas de las nuestras se mantenían vírgenes y perdían la virginidad con un noviazgo de un año. Claro que no todas cumplían. La mayoría perdía la virginidad a los seis meses de noviazgo, y en el peor caso, en los más extremos, ni siquiera perdían la virginidad en el contexto de noviazgo. Pero de todos modos a mi no me interesaba tener relaciones sexuales todavía. Desde un principio ya había tenido mi primer beso demasiado tarde, la virginidad para mí no era un apuro. Por el momento me asqueaba el toque de los labios de otro hombre, no hubiera querido imaginar lo que hubiese sido el toque de otra cosa. Fue una larga charla con mi mamá explicándole sobre cómo eran las relaciones ahora, o de cómo eran las relaciones en el entorno donde yo me manejaba. Le expliqué también, que me había asqueado del beso y que no lo iba a repetir más, y que si me compraba pastillas anticonceptivas sería una exageración y un insulto hacia la pureza de mi cuerpo aún virgen y que esperaba que lo siga siendo al menos por un buen rato. Desde aquella época a mamá le costó entender cómo iba la adolescencia moderna, pero lo entendió, y a la larga se volvió tan experta, que se volvió mi amiga. Ya no hacía falta que yo le dijera que era virgen porque simplemente lo sabía. No hacía falta que le dijera que los chicos con los que me daba besos no eran novios, y entonces se volvió más que madre como una mejor amiga. Desde entonces le cuento de los chicos cada tanto, y hasta sabe que me besé con chicas por bromas y cosas así. Definitivamente mi mamá es lo mejor, y nunca me voy a cansar de decirlo.
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