Oveja solitaria

3189 Palabras
Una oveja solitaria. O eso era yo en primer año de secundaria, yendo detrás de la manada de ovejas, de unas ovejas mucho más coquetas, y tan inconsciente de la existencia de los lobos. Una inocente y buena oveja. Cuando entré a la secundaria, tenía algo en mente. Todo lo nuevo era un nuevo comienzo. Y los comienzos significaban cambios. Ahora podía ser lo que quisiera. Pero ¿saben? Estúpidamente creí que si era como era en primaria me iban a aceptar. ERROR. No, no iban a aceptarme. El primer día me acuerdo que fui con papá. De por sí en aquella época ir y venir con mi viejo a todos lados era común y corriente para mí. Claro, PARA MÍ. No para la bola de tarados que iban a la escuela pública a la que fui en secundaria. Cabe aclarar que yo no quería ir ahí bajo ninguna circunstancia. Yo siempre de chica me había imaginado terminar primaria e irme a algún colegio privado. Pero no. No había plata para mandarme a un privado. Y como mamá y mi hermano habían terminado la secundaria en la Comercio, me mandaron también a mí. ¿Y saben? Hasta el día de hoy me arrepiento. Nunca sentí que pertenecía ahí. Y lo demostré a lo largo de la secundaria con mi poco amor a la institución y la manera en que me fue chupando un huevo sus normas y sus directivos. El primer día, como decía, fui con mi viejo. Común para mí, para todo el resto de los adolescentes del colegio eso era del todo anormal. Papá se fue conmigo por todo el colegio hasta que entré en un curso. Por los pasillos ya se me miraba con cara rara. Abajo cuando la directora dio la bienvenida a los de nuevo ingreso –dentro de esos estaba yo- me encontraba viendo sigilosamente a los chicos y a las chicas, todos eran posibles compañeros míos, porque todos eran de primero, porque ese día solo iniciaban los de primer año. Me acuerdo que vi a una chica que fue con su mamá, y me acuerdo porque me llamó la atención no ser la única que fue con su viejo al primer día de clases. La chica era rubia y de ojos claros. Desde chica siempre había soñado tener amigas así (el simple hecho de tener amigas ya era mi sueño) y efectivamente quería que mis amigas sean lindas. Claro, en aquella época mi mente era inocente, no sabía que uno tiende a sentirse mierda cuando se junta con personas del todo perfectas. En aquel momento mi autoestima no iba ni por lo físico ni por la apariencia. En aquel momento yo ni siquiera me miraba al espejo, y tampoco me sentía mal por eso. Yo era lo que veía a través de los ojos, y mis ojos nunca me pudieron ver. Si yo no me miraba, quizás no me desagradaba. Es algo difícil de explicar. Uno acostumbra tener una imagen de sí mismo. Yo en cambio nunca tuve una imagen de mi misma en esos momentos. Hoy en día puedo decir que si me encierran en una habitación sin espejos durante dos meses, podría aún así recordar cómo era mi rostro, como me veo en la mañana, como llevo el pelo, etc. En cambio en aquella época no. Porque no tenía una imagen mental de mí. No me veía. No sabía quién era yo físicamente, y por ende, no significaba un problema ser como era. Es gracioso porque tengo recuerdos borrosos de cuando me veía al espejo en esa época, va, las pocas veces que me miraba al espejo en esa época. Odiaba la imagen que me devolvía el espejo. Para mí no era la gran cosa. Para mí era una persona normal. Indiferencia. No me importaba. No me importaba mi imagen y tampoco pensaba que esa sería la puerta a la gloria y la salida a la exclusión social. Esa misma chica, tocó que estuviera en mi curso. Se llamaba Camila. Cuando entré a mi curso vi a un montón de chicas desarrolladas físicamente, que me hacían sentir como un pollito recién salido del cascarón, o peor, como un pollo crudo. Me propuse ser buena onda, no ser tímida, y ser todo lo contrario a lo que era en primaria. Efectivamente eso cambió. Lo que no tomé en cuenta era mi físico. Porque de plano no me importaba a mí. De nuevo, A MÍ. Al resto del mundo sí. Nadie se iba a querer juntar conmigo si yo llevaba el cabello recogido como si fuera una monja, y la falda hasta las rodillas. Me acerqué ese día a la primera persona conocida que vi, que era Mara. Mi ex compañerita de primaria del turno tarde, la que tenía brakets. Ella fue buena conmigo, y los primeros días todos fueron buenos. Todas se interesaron en mí, y todas querían ser mis amigas. El segundo día todo cambió, nos movieron de curso, y me tuve que sentar sola con una chica que no hablaba. Las rubias se sentaron con las rubias, las más lindas con las más lindas, Mara con alguna de ahí, y yo me quedé sola y me tuve que sentar con la primera que vi con el asiento libre alado. Nuevamente, marginada. Cuando tocaba recreo, yo seguía como una esclava a las que consideré que sería el grupo élite del curso. Y efectivamente lo fueron. Ellas iban de acá para allá viendo a los chicos mayores que quizás eran de cuarto o quinto año, creyéndose las reinas del colegio mientras que apenas eran de nuevo ingreso, se daban con todos, todos se daban con ellas, se escapaban en horas de clases y nunca hacían la tarea, y la tarea me la copiaban si podían. Pero ellas ni siquiera consideraban que yo estaba en su grupo. Otra vez ignorada. Un chico, del curso de alado, que también era de primero, a mitad del año, les dijo a las chicas al ver que yo las seguía como una estúpida; ''Ella le sigue no más a ustedes'' seguido de unas risas. El chico tuvo lástima por mí. Yo también tuve lástima por mí. Tuve vergüenza por mí. Era tan patética nuevamente. Nada había cambiado. Dejé de seguir a las del grupo élite como una estúpida, hasta que de pronto comencé a tratar de darme con la sorda de mi compañera de banco. Porque eso era. Una sorda. No hablaba, y cuando lo hacía tartamudeaba, o de plano te pedía que le repitas lo que dijiste unas cuantas veces hasta que te entendía. Era una sorda. Era aburrida. Era un asco. No quería juntarme con ella pero no me quedaba otra. Bien. Ese mismo año, todas comenzaban a hablar de fiestas y otros eventos a los que yo no asistía y tampoco pensaba en la mínima posibilidad de asistir. Mis papás eran arcaicos en aquella época. Y yo tenía miedo a decepcionarlos. Una de las del grupo élite; Solange, tuvo su fiesta de quince ese mismo año. Invitó a todas menos a cinco, ¿y adivinen quien estaba entre esas cinco? Sí, yo. No me invitó ni a mí, ni a la gorda Toñolo que se sentaba bien atrás, ni tampoco a la gordita Rocío, ni a las dos excluidas sociales que se sentaban adelante del curso sin hablar con nadie; Rita y Ludmila. Hasta invitó a la sorda de mi compañera de banco y a mí no. No sé en qué momento comencé a sentarme con Rocío, y tampoco sé en qué momento dejé de sentarme con la sorda. Solo sé que en ese intervalo me costó a mí sentarme sola por unas cuantas semanas hasta que me empecé a juntar con Rocío. Ella, hizo que me diera con Rita y Ludmila, las excluidas sociales. Y en todo aquel tiempo, la sorda que se sentaba conmigo comenzó a juntarse con Camila, la rubia del primer día de clases, y comenzaron a integrarla al grupo élite. Donde yo no estaba. Y donde una sorda que era más aburrida que leerse la biblia una tarde de lluvia, se integraba y yo no. Los días comenzaron a volverse monótonos. Me juntaba con todos, y al mismo tiempo con nadie. Las del grupo élite dejaron de juntarse conmigo. Recuerdo que yo le compraba sándwiches a Brenda, una de las del grupo élite, sandwiches que me costaban, porque en mi casa no había plata, y papá se mataba laburando para que yo solo por tener una amiga desperdicie la plata en alguien más que no era yo. A veces ni siquiera desayunaba o comía algo, todo se lo daba a ella. Y le daba hasta para que copie mis cosas. Hasta ella dejó de juntarse conmigo. Me excluían, nunca me invitaban. Yo solo escuchaba de lo que hablaban y observaba en silencio mientras sonreía y movía la cabeza. A Brenda a veces la veo. La veo en los recreos en el colegio y le guardo un cierto rencor por todo lo que pasó, o todo lo que me pasó mejor dicho, en primero. Pero es inconsciente. No es que me acuerde y diga ''hija de puta, yo te chupaba las medias alpedo y vos eras una hija de puta conmigo'' No. Así no. Solo verla me trae malos recuerdos y algo se siente mal dentro de mí. No me mira. Me rebaja. Siempre hago de cuenta como que no existe. Y como que nunca existió en mi vida. Pero ese es otro tema. A la salida del colegio ellos iban a la plaza a pasar media hora hasta que se iban todos a sus paradas de bondi. Nunca me invitaron. Aunque supongo, que nunca lo hicieron porque ya comenzaron a excluirme porque mis papás me iban a buscar. De pronto un día llorando les dije a mis viejos que dejaran de buscarme al colegio, que podía volver sola, que solo eran unas cuadras. Papá y mamá me dejaron. Pero para ese entonces las del grupo élite contaban menos conmigo que yo con la sorda. Todo ese tiempo me sentí sola, otra vez. Perdí la oportunidad y la única oportunidad de ser sociable. Hasta ahora me deprimo por aquellos días. Incluso me quise cambiar de curso. Me juntaba en los recreos con algunas chicas de educación física, o salía a los pasillos del colegio a andar sola o me metía en el baño y me encerraba hasta que terminara el recreo, para desaparecer por un rato y que la gente pensara que yo tenía amigos en el colegio a los que iba a saludar. Una vez, desesperada porque mis viejos vinieran a buscarme urgente porque salía antes, y si salía antes y mis viejos no sabían, eso me suponía a mí que iba a quedarme esperándolos una hora o más al pedo en el colegio hasta que me echasen los porteros, les pedí a unas chicas que conocía de la escuela primaria, que me prestaran un mensaje de texto. Una de ellas me dijo ''No, no tengo...'' le dije ''bueno, gracias'' y cuando caminé un poco más pude escuchar que dijo ''para vos no tengo'' seguido de unas risitas con sus amigas. Esa se llamaba Florencia, creo. Supongo que desde ahí nace mi odio interno por mi nombre, gracias a ella, y a la pocahontas que también se llamaba Florencia. Para que vean como de malnacidos podemos ser los adolescentes cuando estamos en multitud, esa misma Florencia a la que le pedí el mensaje y me dijo que no tenía, esa misma hija de puta, yo en el último año de primaria, en un examen final, le presté mis apuntes para que usara de trampa. Ese examen final que yo sabía de memoria y que me resultó fácil, y ella me pidió que por favor le diera mis apuntes. Se los di, y ella fingió ser mi amiga unos días después de aquello. Y ahora, me negaba hasta un solo mensaje. Pendeja del orto. ¿Era necesario tratarme mal? ¿Era necesario negarme un mensaje? Yo no le negué mi machete en la prueba final de séptimo grado. Son todos unos soretes. En aquel tiempo, le pedí a mi viejo que me cambie de curso, hasta le dije '' ¿Por qué no voy al curso de Belén?'' (a la que yo le pedí que se sentara conmigo y no quiso) e incluso fue horrible cuando papá fue a hacer no se qué en el colegio y se lo preguntó directamente. — ¿A qué curso querés ir vos? —me dijo mi viejo en el patio. Belén andaba por ahí. Entonces me le acerqué y le pregunté; —Belén. ¿A qué curso vas vos? —Al C. —Ahí quiero ir. —le indiqué a mi viejo. Belén agachó la mirada cuando mi viejo se dirigió a ella; — ¿Vos vas ahí? ¿Vas a estar con ella? —Incluso parece que estuviera obligándola a juntarse conmigo. —Pero yo no sé si voy a seguir en ese curso. Porque yo me quiero cambiar, a donde están Florencia (la estúpida que me negó el mensaje de texto) y Luz...—espetó. —Ahh. Bueno, no pasa nada. Así concluyó el segundo rechazo de Belén. Ella sí se cambió de curso. Se fue con Florencia y Luz y otras rejuntadas de la primaria. Pero no fue eso lo que hizo que yo sintiera rechazo. Fue la mirada con la que lo decía todo. Fue un ''No sé si quiero tenerte de compañera, y si fueras a mi mismo curso no sé si quiero juntarme con vos''. Ella nunca quiso juntarse conmigo. Nunca. Le hablé hasta a Patricio (sí, él también fue a parar a mi escuela secundaria) para ver si podía cambiarme a su salón. Yo solo quería alguien conocido, solo quería tener algo de qué hablar con alguien. Pero nadie quería que me cambie a su curso. Y en mi curso me odiaban. Con las únicas que me sentía cómoda era con mis compañeras de educación física, y tampoco era mucha la comodidad. Me acuerdo que en educación física unas chicas del grupo élite de educación física (sí, hasta ahí habían grupitos de mujererio que se creían la gran cosa) y una de ellas le dijo a otra; ''Mirá, ella se re parece a vos''. Y de hecho no nos parecíamos en nada, pero teníamos un aire. Ambas teníamos bucles, ambas teníamos el cabello castaño, y las dos éramos blancas pálidas como fantasmas. La otra le respondió sobradora ''Pff. A ella le gustaría parecerse a mí''. Yo solo quedé mirando. No dije nada. No me defendí. Pero me dolió. No las conocía. No le hice nada a nadie. ¿Por qué alguien me ofendía de esa forma si yo ni siquiera la había ofendido? Esa misma mina, que respondió aquello, tan hija de puta, se llamaba Carla. Al año después fue una de mis mejores amigas. Dudo que haya recordado que en algún momento de su vida, sin conocernos, ella me trató para el orto y que insinúo que era horrible en comparación con ella. Claro que ella pudo haberlo olvidado. Yo no. En mi curso, era toda una mierda. Comenzaron a llamarme abuela porque mi falda era demasiado larga. Todos empezaron a decir que me parecía a una abuela. El apodo era ''abuela''. Fue una mierda hasta que yo misma en modo de autoburla comencé a decirme a mi misma abuela. Pensé que si yo misma me reía de aquello dejaría de ser tan malo. Hasta le dije una vez a Solange ''yo soy tu abuela'' y me dijo de mala manera ''Vos no sos mi abuela. Yo tengo mi abuela'', como si yo me quisiera acercar a ella usando aquel apodo horrible que me denominaron. NO QUIERO SER TU ABUELA, IMBÉCIL, SOLO HAGO CHISTES PARA NO SENTIRME UNA MIERDA. Eso pensé. Nuevamente no lo dije. Me pregunté por el resto del día que había hecho a Solange para que de entrada yo no le callera bien. En aquella época, Solange casi quedó embarazada, y ellas (el grupo élite del curso) no podían ser menos discretas con el asunto, que les contaban a todas las profesoras sobre ello y hablaban sobre el embarazo y el aborto en clase. De algo me había dado cuenta, aquella piba del grupo élite, que cumplió quince hace menos de unos meses, ya tuvo relaciones sexuales y tiene un posible embarazo. Yo seguía siendo virgen, y ni siquiera había dado mi primer beso. Ése no era mi grupo. No iba para nada con ellas. Quizás por esa misma razón ellas no me consideraban como su amiga. No era interesante. Nada de mí podía parecerles interesante a personas que llevaban vidas como esas. Comencé a juntarme más con Rocío, Rita y Ludmila. Entonces dejé de sentarme atrás con las del grupo élite, y cambié mi lugar junto a Rita y Ludmila; las excluidas. E iba todo tan bien, al menos encontré la estabilidad que necesitaba para no sentirme mal en aquel momento. Ahí comenzó mi verdadero problema; mi imagen. Salía a los recreos con lo que eran ahora mi grupo de amigas, y la gente se reía. Llegaron hasta incluso a decirme que me parecía a Mafalda, sin mencionar que, cuando salía del salón y me dirigía al baño, algunos chicos de otros salones se reían a carcajadas al verme pasar. Y después decían algo como ''mira lo largo de su pollera''. Yo no sabía que hasta por tener la falda larga también te molestaban. Pero ahí iba yo, con mi falda por la rodilla, porque nadie se había tomado el trabajo de decirme discretamente que era muy larga, y todos no hacían más que reírse de ello. Me solté el pelo, y me corté el flequillo, y me lo cortaron tan mal, que se veía demasiado corto, tanto que tuve que usar binchas para que bajara el flequillo, por eso mismo la gente comenzó a llamarme Mafalda. Hasta mi preceptora me había dicho que la bincha que llevaba tenía que quitármela porque no iba con los colores de la institución, y yo negada, porque era la única bincha que hacía que mi flequillo bajase hasta un punto normal. El salir a los recreos en aquella época, era salir y exhibirme solo para recibir agresiones y burlas de parte del resto del colegio. Pasaba por los pasillos y me decían que me parecía a Mafalda, se burlaban de la bincha que llevaba, de mi corte de pelo, del largo de mi falda. De todo. Ese mismo año llegó al curso Alejandro, alguien que ahora mismo es mi mejor amigo. Él me ayudó muchísimo dándome un punto de vista masculino. En aquel momento yo solo hablaba con él. La charla era mínima, pero no demasiada. Pero lo suficiente como para darme cuenta que el grupo de chicas al que yo pertenecía también eran todas una reverenda mierda. La gente que es tu amiga no te basurea. Rita y Ludmila vivían basureándome. Por todo. Decían que incluso era un escarbadiente por lo flaca. Unas mierdas, como dije. Terminó el año. Por suerte. Adiós.
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