Melany Parella. Así me llamaba yo. Así se llamaba la persona que quería ser yo. Porque eso es lo bueno de internet, uno ahí es lo que quiere ser. En internet yo tenía dieciocho años cuando en realidad tenía once, en internet yo era una rubia de ojos azules cuando en realidad yo era castaña de ojos verdes, en internet yo tenía miles de fotos con mis amigos y mi novio, mi bonita casa al mejor estilo película yanqui, cuando en la vida real yo no tenía amigos, ni novio y ni siquiera tenía fotos, porque no me sacaba fotos a los once años. En internet, era lo que quería sin más preámbulos.
En el MSN nunca tuve un solo contacto. Va, miento. Tenía a mis compañeros del colegio, pero mis compañeros del colegio ni siquiera hablaban conmigo. Y recuerdo ser tan fracasada que me hacía varias cuentas de MSN para fingir que tenía contactos, pero en realidad era yo misma con miles de cuentas fantasmas para hacerme sentir menos sola cuando alguien revisaba mi lista de contactos.
Pero un día, comencé a jugar un juego llamado HABBO. Gracias a ese juego pasé más horas sentada en la computadora que en el mundo real. Quizás no desperdicié tanto mi vida porque en aquella época si no estaba frente a la computadora jugando un jueguito online y haciendo amigos por ahí, probablemente hubiese estado mirando tele con la diferencia de que mirando tele no hacía amigos. Y seguiría en la misma posición. Sin amigos y viviendo una existencia muy miserable.
Todo en HABBO era ficticio. A duras penas hoy puedo decir que si sigo viva hasta el día de hoy es porque pasé tiempo de mi vida en el que ni siquiera vivía, en un juego, desarollando una vida virtual que nunca tuve ni tendré. El juego era simple, conseguir furnis (que eran muebles) hacerme de amigos, quizás hasta de una familia (porque algunos idiotas se les daba por hacerse familia virtual) y hasta podías tener tu trabajo en el mismo juego. No exagero si digo que llegaba a estar las 24 hs del día conectada al juego. Una vez tuve todo lo que quise, comencé a hacer vídeos del juego. Que más bien eran como mini cortometrajes protagonizados por los kekos del juego. Era claro, eran películas de habbo (las habbo películas las llamaba yo) y es que a mí desde chica se me habían ocurrido historias y cosas, todo el tiempo estaba imaginando cosas. Cuando soñaba, cuando escuchaba una canción, cuando jugaba a un juego, cuando jugaba a las barbies, todo me producía a mí una imagen mental que al pasar por mi imaginación se volvía real.
El juego exigía algo. Respeto. Y yo había descubierto que exigir respeto en internet era fácil mintiendo. Mentí que tenía dieciocho años para poder hablar con gente de quince, dieciséis, hasta incluso veinte y pico de años, sin que se dieran cuenta de que en realidad yo tenía once. Luego, ser sociable en el juego exigía una imagen real. En ese entonces ya existía f*******:. Me hice un f*******:, con fotos de una mina yanqui, una gringa que se le notaba lo gringo hasta en la ceja, pero que pareció bastarle a la gente para creer en mi engaño. Entonces ahí comencé a tenerlo todo; respeto, autoridad, un séquito de fans de mi apariencia acompañados de mi séquito de fans por mis vídeos. Tenía todo. Tenía apoyo, amigos, personas que me querían. Personas que se llevaban conmigo y que pensaban igual que yo. De a poco mi MSN comenzó a tener más contactos, y así fue como mi MSN se llenó de personas que ya no eran cuentas fantasmas hechas por mí, así comencé a tener una vida social y comencé a llevarme con la gente.
Mientras que en la vida real, todo seguía igual. Pero no me importaba si yo no tenía amigos en el colegio o si mi vida social fuera exclusivamente virtual. Yo era feliz cuando me conectaba a Habbo y alguien me agregaba a su lista de contactos en el juego, y quería conocerme.
Flor98aponte era mi cuenta en youtube. La cuenta en donde yo hacía vídeos y miles de personas veía mis vídeos y querían saber más de lo que podía producir mi mente y mi imaginación. Ya han pasado casi siete años desde que dejé de jugar ese juego y dejé de hacer vídeos, ahora la única forma de plasmar lo que me imagino es a través de lo que escribo. Siempre dije que quizás, haber hecho vídeos como ésos me impulsó a escribir libros. Porque uno no se gana la vida haciendo cortometrajes en un juego virtual, pero descubrir que tenía la necesidad de plasmar en algún lado mi imaginación, me llevó en gran medida a que termine escribiendo novelas.
En HABBO conocí a Alejandro, mi mejor amigo. Les hablaré de él mucho más adelante, porque es una de las pocas personas que influyeron para bien en mi vida. Ha pasado tanto tiempo desde que dejé ese juego y ya ni siquiera uso el MSN o la cuenta de f*******: que me había creado con el nombre de ''Melany Parella'' (Melany era el nombre que siempre quise tener, aunque se escribe Melanie en realidad. Y Parella era el apellido del padre de mi abuela, de ahí nació la mezcla) y tantos años que pasaron y aún sigo recibiendo mensajes de personas que conocí ahí. Personas que no recuerdo, pero que sé que me conocen de ahí. Personas que dicen que cambié su vida, o su forma de ver las cosas, personas que dicen que mis vídeos fueron su niñez. Es algo gratificante saber este tipo de cosas porque para mí nunca hice nada bueno en la vida, y es algo deprimente pensar que lo único que aporté fueron vídeos de mierda hechos desde un juego online. En fin. No es tanto lo que hice, si no lo que causó, supongo. Ojalá algún día en mi vida vuelva a hacer algo así. Algo que logre que alguien más se identifique, o simplemente algo que le llegue a alguien. Ojalá algún día vuelva a tener mensajes así diciéndome como les hizo sentir algo hecho por mí. Pero me estoy yendo por las ramas.
El tema central de esta parte de mi vida es que en internet, podía ser lo que quisiese pero que la realidad era muy distinta a internet. La realidad me golpeaba siempre. Me decía que estaba sola, que no tenía amigos en mi barrio, y que mi única mejor amiga era mi prima Dana, y ésta última era alguien con la que yo siempre me había sentido eclipsada. Era rubia, ojos azules, ¿y yo qué? Yo era la primita, la negrita aunque no necesariamente tuviera una piel trigueña, era un asco en comparación. Siempre me había sentido menos. Desde que ella había dado su primer beso cerca de los doce, yo como buena fracasada los di a los catorce. Mientras ella lo daba con un pendejo que era de lo más gringo, yo lo daba con un metalero con cara de falopero. Mientras ella por sus quince se iba a Disney, yo por mis quince no me había ido a ningún lado y encima tampoco había tenido fiesta. Mientras ella estaba rodeada de personas y era popular, yo no tenía amigos, y todos lo sabían. Y eso con los años solo incrementó. Hoy en día Dana asiste a una facultad privada, La Cuenca del Plata, facultad a la que yo siempre aspiré ir y a la que nunca pude porque no tengo dinero porque la cuota es cara. Todos los chicos que alguna vez me llamaron la atención, les llamaba la atención Dana. Y no hay nada más que hacer. Uno siempre es sombra de algún pariente. A mí me tocó ser la sombra de mi prima.
Mis únicos amigos de chica (amigos que conocí cerca de los once años recién, fíjense ustedes cuanto tiempo estuve sin tener un solo amigo) habían sido uno grupo de personas que vivían en el barrio de mi abuela Elba. Esas personas eran Camila, Eliana, Gimena, Bárbara, Fernando, Diego y Lucas. Y estos dos últimos no eran personas a las que yo me les acercara. Pero también vivían en ese barrio, y también me acuerdo de ellos.
Efectivamente se mudaron todos. Camila primero, le siguió Bárbara, y después Gimena. Solo quedaron en ese barrio Eliana, Fernando, Lucas y Diego. Y como con los dos últimos no me llevaba, ese barrio pasó a ser un fantasma de alguna época social de mi vida. Los carnavales, que siempre recuerdo que jugábamos, pasaron a ser vacíos. Todo en ese barrio que ahora mismo es tan tranquilo, pasó a ser un recuerdo.
A veces hablo con Camila. Soy muy grande para ella, y cada vez que hablamos la diferencia de edad se nota y mucho. Por supuesto no importa mucho, porque ella vive en Iguazú, y yo vivo en Posadas. Con las únicas que mantengo contacto ahora es con Eliana, y ella siempre está muy ocupada porque tiene competencias de natación, entre otras cosas. Aún no entra en secundaria y yo ya estoy por terminar. (Se imaginarán que ese es uno de los motivos por el que ya no me doy con ninguna de ellas) Y mientras Gimena también mantiene contacto conmigo, y muchas veces nos juntamos, y creo que solo por el simple hecho de que ella aparenta ser una adolescente rebelde de catorce creo que mantenemos conversaciones fluidas. No me gusta meterme mucho en la vida de las personas, me gustaría decirle que está cometiendo un gravísimo error al inclinar su personalidad para esos lados tan estúpidos de la sociedad. Me gustaría preguntarle que pretende, si resaltar o tan solo enserio quiere cagarse la vida. Pero creo que a los catorce años no se tiene mucha tolerancia, al menos yo no la tenía. Y todos quienes intentaban darme consejos los terminaba odiando.
Claro que Fernando y los otros dos con los que no me llevaba siguieron viviendo ahí. A mí desde chica me había gustado Fernando. Él solía jugar a las barbies conmigo, y ese tipo de cosas. Probablemente habría sido uno de los primeros amigos hombres que tuve, y que me gustaron. Y uno de los únicos también. A veces vuelvo al barrio a visitar a mi abuela, y me gusta ir por el barrio con la esperanza de encontrármelo a Fernando. Me gusta cuando me saluda, las pocas veces que lo hace. Me hace sentir que volvemos a ser amigos como antes. Quisiera que podamos ser amigos como lo éramos cuando éramos chicos. Quisiera en esta parte de mi vida aplicar REWIND. La última vez que me lo encontré en el boliche, él me preguntó si yo era ''Foyi Chan'' y si me acordaba de él. Le asentí con la cabeza, y me dio dos besotes en la mejilla. Me gustaría decirle que a veces pienso en él cuando me acuerdo de lindas cosas. Me gustaría decirle que me gustaba. Pero él probablemente estaba ebrio como todo adolescente de dieciocho años al menos y en un boliche.
Esos son el tipo de beneficios —o desventajas— de no tomar alcohol. Cada noche que paso en un boliche yo lo recuerdo todo. Me la paso haciendo estupideces con mis amigas sin estar ebria, y al siguiente día lo recuerdo todo. Soy una estúpida. No odio el alcohol por el hecho de que me guste ser responsable y sana, si no porque no me gusta que todos lo hagan. Es paradójico, porque mis papás se toman un cajón de cerveza por día, y mi hermano también. Leí una vez que el alcohol mataba las neuronas. No sé si será verdad. Pero no quiero dejar de ser inteligente. Me gusta serlo.
En séptimo grado, me propuse que todo iba a cambiar. Y me lo dispuse hasta el primer día de clases, cuando fui y vi que todas las mesas eran mesas de cinco personas o más (porque estaban todas juntas) y me dije: bueno, al menos no va a haber forma de quedarme sola. ¿Y saben que pasó? Cuando entramos al salón, quedé sola. Nadie quería sentarse en mi mesa hasta que se dieron cuenta que efectivamente ya no había más lugar. Incluso cuando entré (porque siempre era la primera de la fila por ser la más bajita) calculé las mesas que más se llenarían dependiendo de la ubicación cercana o lejana del pizarrón y de la mesa del maestro (a la que nadie quiere estar cerca porque todos hacían machete) y adivinen. Última opción otra vez. Pero no sé cómo ni cuándo, alguien me cambió de asiento y me ofreció que me sentara en otra mesa. Entonces ahí comencé a sentarme todo el resto del año. En esa mesa estaban Leonardo (mi antiguo mejor amigo que me había cambiado por Johanna) Patricio, Denice y Agustina.
Voy a contarles sobre ellos, porque significaron mucho en esos años de mierda. No por el hecho de que hayan sido mis primeros compañeros de mesa en mucho tiempo, sino que también yo me sentía bien con ellos. Claro, yo me sentía bien con cualquier cosa en esa época. Porque cuando uno está tan acostumbrado a que la gente te trate como a una mierda, te pueden estar tratando de la misma forma pero diferente, y te conviertes en mierda distinta consciente y agradecida.
Denice era una porteña que se peinaba flogger en aquella época (cuando los flogger estaban de moda) y se sacaba fotos con su prima mostrando el orto. Véase, en aquellos años dorados ella estaba terminando la primaria, y siempre me mostraba fotos de ella con un enfoque en primer plano de sus pechos mientras que me contaba alguna anécdota cliché y del todo bolada con algún pelotudo de turno con el que se besuqueaba, y no era exactamente su novio, porque tenía un novio o algo así en primaria, iba a otro grado, se llamaba Ezequiel y yo siempre había estado enamorada de él en secreto porque era rubio de ojos verdes, pero un pibe así en aquel momento era desconocido e incierto para mi, mi primer beso lo di en segundo año de secundaria, cuando tenía catorce años.
Lo gracioso es que años después, el tal Ezequiel, terminó hablándome en f*******: diciendo algo estúpido en un intento de seducirme. Y me reí de él. Pero claro, no hablemos de la actualidad, hablemos del pasado. Como siempre, desvarío, mezclo los tiempos y los sucesos. Y me adelanto.
Después estaba Agustina, una rubia que siempre se la daba de machona y que le gustaba el boxeo. Nunca supe si a ella realmente le gustaba el boxeo o si solo decía que le gustaba para aparentar ser fuerte y diferente al resto del concepto de estúpida mujer rosada que acostumbramos tener todas las pendejas en séptimo grado. Si la conocieran tendrían las mismas dudas. O no sé si solo seré yo, quien subestime a cualquier persona y piense que todos carecen de tanta personalidad como para tener una y mantenerla. En toda mi adolescencia yo mantuve personalidades distintas, quizás por eso me cuesta creer que alguien sea diferente al grueso de la sociedad.
Leonardo por su parte seguía siendo el mismo pendejo estúpido insípido que gustaba de cualquier persona en el salón menos de mí. Creo que en ese momento gustaba de Denice. De ella también gustaba Patricio, otro flogger reprimido que me gustaba su personalidad aunque él me criticaba por todo. Y cuando digo todo, es todo. Si un día yo llevaba las uñas largas se la pasaba la mañana entera diciéndome que porque las llevaba así y no cortas (algo que de por sí ya es un tanto molesto porque siempre fui descuidada con mis uñas, difícilmente están prolijas y pintadas) y casualmente siempre encontraba olores raros en mí, hasta incluso cuando me llenaba de enjuague vocal y me cepillaba los dientes más que una persona normal solo para que no me criticase al menos ese día.
En fin. Cuatro pelotudos y yo. Y yo era la pelotuda de la clase de pelotudas que los pelotudos pelotudean en sus ratos libres, y como íbamos a una escuela pública, sucedía todo el tiempo. Si bien tengo buenos recuerdos. Pero como mi memoria cuando se refiere a mi infancia, me pesa más lo malo. Por ejemplo, recuerdo que una vez estaban hablando sobre algún asunto amoroso, y no me acuerdo cómo ni cuándo, pero de un momento a otro dijeron '' ¿Y Florencia? ¿Nunca va a dar su primer beso o qué?'' ''¿Porqué tu papá siempre te viene a buscar? No sos grande ya para ir sola a tu casa?'', los de mi mismo grupo de amigos. Los de mi mesa. Mis estúpidos compañeros de mesa me estaban jodiendo.
Seguidos de comentarios como ''Seguro Florencia nunca va a tener novio'' y algunos que otros ''Nunca va a dar su primer beso'' tratándome de algún bicho raro y feo. Y yo ahí, riéndome. Porque otra cosa no podía hacer. Así yo evitaba quedar mal y sentirme mal, sonriendo. Me jodían, les sonreía. Me podrían estar pegando en aquel momento y yo les iba a estar sonriendo. Porque quizás, si les sonreía pararían alguna vez al ver que no me molestaba. Pero no. Todos son una mierda.
Si bien ese año terminó, terminó el reinado de la Pocahontas que también se llamaba Florencia y su grupito de piojos seudo-secuaces/amigas. Terminó el grupo de las gordas infumables que se sentaban al fondo y hablaban fuerte. Se terminó el grupo de los pelotudos de los varones que eran todos unos imbéciles que se dejaban manejar por el grupo de las pelotudas del grupo élite de la Pocahontas. Y se terminó, efectivamente, el grupo de mi mesa. Todo aquello terminó. Se fue. Nostalgia. Melancolía. Todo. No quiero crecer. No quiero perder a los pelotudos de mis compañeros de mesa. No quiero dejar de escuchar las anécdotas de la puta de mi compañera Denice, y tampoco quiero dejar de verla a Agustina hablar como si fuera un pibe. No quiero dejar de cagarme a piñas con Leonardo en juegos brutos, y no quiero dejar de ser criticada por el enfermo de Patricio. No quiero crecer. No todavía.
Difiero. Me corrijo. Prefería crecer que estar estancada. Yo quería un nuevo cambio. Aunque los nuevos cambios nunca fueron beneficiosos para mí. Ya van a saber porqué. Pero no sin antes contarles que volví a verlos a todos ellos años después, cuando ya tenía una imagen, un estatus social diferente al de ellos, cuando ya tenía el respeto que quise.
Quizás siempre necesité de eso. Necesité hacerme de una imagen para exigir respeto. Por eso quizás aún me siento acobardada con personas estrictamente más lindas que yo. Quizás nunca tuve autoestima. Soy consciente que no soy mejor que nadie, pero soy consciente de que ellos no son mejores que yo. Por eso me gusta el antes y el después de todas las personas que me hicieron la vida miserable. No le guardo ningún rencor a ninguno de ellos, ni siquiera los tengo en cuenta más que para acordarme de lo mal que me trataban en séptimo grado. De hecho, me da gracia, porque son tan poca cosa ahora, desbordan grasa. No están a mi altura evidentemente. Ahora mismo no podría entablar una amistad con alguno de ellos sin sumirme en un nivel de superioridad como el que ellos se sumieron cuando me boludeaban de chica. ''Florencia nunca va a dar su primer beso'', esa frase se repite en mi cabeza una y otra vez, cuando estoy con un chico que sé que nunca, ni en sus más locos sueños, podrían estar Agustina y Denice. Pibes mucho mejor que Leonardo y que Patricio, que osaron de criticarme de chica. A quienes ahora no los tocaría ni con un palo. Pero no importa eso. Porque ya me cagaron la vida. Los odio. No tenían el derecho de hacerme eso. Nadie tenía el derecho de hablar de mí como si fuese un fracaso. ¡El fracaso son ellos!