El problema de tener un hermano adoptivo no era solo que tuviera que compartir la atención de mis padres. Era que ese hermano adoptivo era Dimitri. Antes de su llegada, la casa estaba envuelta en una tensión constante. No eran gritos estridentes ni discusiones abiertas, pero el ambiente era sofocante, cargado de murmullos mordaces y silencios incómodos. Había noches en las que me encerraba en mi habitación, poniéndome los audífonos a todo volumen solo para ignorar el eco de las conversaciones entrecortadas que flotaban desde el pasillo. Crecí acostumbrado a ese clima de guerra fría, a las miradas esquivas, a la manera en que mis padres evitaban tocarse, a fingir que todo estaba bien cuando en realidad el aire olía a despedida inminente. Pero luego llegó Dimitri. Desde el primer momento,

