Mis dedos se aferraron al teléfono, conteniendo la furia y la impotencia que amenazaban con desbordarme. Sin decir una palabra más, colgué la llamada. Mi pecho subía y bajaba con rapidez, mi corazón latiendo con una furia ciega. Él creía que podía controlarme. Creía que podía atarme a él con amenazas y manipulación.
Se equivocaba.
El sonido de mis tacones resonaba en el mármol mientras caminaba hacia la sala privada de mis padres. No podía quedarme callada. No podía enfrentar esto sola. Pero en lo más profundo de mi ser, sabía que mi batalla apenas comenzaba.
El pasillo se alargaba ante mí, imponente, con sus altas columnas de mármol y las luces tenues que apenas alumbraban el camino. Cada paso que daba sentía como si mi destino estuviera sellado, como si me dirigiera a mi propia ejecución. Pero no tenía opción. No podía permitir que Alec y Victoria me destruyeran. Si alguien podía hacer algo, eran mis padres. Ellos tenían poder, influencia, contactos. No permitirían que me estuvieran chantajeando.
O eso pensaba.
La puerta de la sala privada estaba entreabierta. El murmullo de voces elegantes, pausadas, llenaba el aire. Respiré profundo y empujé la puerta, dejando que el sonido de mis tacones anunciara mi llegada. Mi madre alzó la mirada desde su lugar junto a la chimenea, sus dedos envueltos en guantes de encaje descansaban sobre la copa de vino que sostenía con delicadeza. Mi padre, sentado en su sillón de cuero, apenas levantó la vista de los documentos que tenía frente a él.
—Irina —musitó mi madre con un deje de fastidio—, ¿qué quieres?
Cerré la puerta detrás de mí y me acerqué con el pecho apretado. Sabía que nunca había sido su hija favorita, como Victoria siempre afirmaba, pero, esta vez necesitaba que me escucharan. No por afecto, sino porque esto también les afectaba a ellos. Suspiré y tomé asiento, cruzando las piernas para ocultar el temblor en ellas.
—Son Alec y Victoria —comencé con voz tensa—. Me han amenazado.
Eso logró captar su atención. Mi padre dejó los documentos y me miró con una ceja arqueada. Mi madre apoyó su copa con un leve tintineo sobre la mesita de cristal.
—¿Qué quieres decir con que te han amenazado? —preguntó mi padre con tono de advertencia.
Apreté los labios, sintiendo la quemazón en mi garganta, pero no podía titubear. No ahora.
—Victoria quiere que rompa el compromiso que tengo con Alec. Resulta que cuando estaba en la universidad alguien me drogo para que Alec tuviera la oportunidad de vender mi cuerpo y así saldar unas deudas. Grabaron un video de ese momento —Tragué saliva, sintiendo las palabras atragantadas—. Y dice Victoria que si no lo dejo filtrara el video, pero dice Alec que si lo hago el será el que lo filtre y lo editara para que parezca que fui yo quien… quien se entregó voluntariamente.
Hubo un segundo de absoluto silencio. Entonces mi madre suspiró, llevándose la mano a la sien como si le doliera la cabeza. Mi padre se levantó con calma, caminando lentamente hacia la ventana, con las manos entrelazadas tras la espalda.
—¿Y qué esperas que hagamos al respecto? —preguntó con frialdad, sin siquiera mirarme.
Fruncí el ceño, desconcertada.
—Necesito que me ayuden a detener esto. A evitar que filtren el video. No puedo casarme con él después de lo que me hizo.
Mi madre soltó una risa seca, carente de humor.
—¿De lo que te hizo? Irina, querida. Tu hermana a estado enamorada de Alec desde que las dos estaban en la preparatoria ¿Qué creías que pasaría cuando le robaste a Alec? El problema es que no fuiste lo suficientemente cuidadosa. Dejaste que esto sucediera, y ahora te indignas porque las consecuencias te alcanzaron. —Su tono era desapasionado, casi aburrido.
Mi pecho se encogió.
—¿Estás diciendo que esto es mi culpa? —Mi voz tembló, y por un instante deseé haber escuchado mal.
Mi padre giró sobre sus talones y me miró con una severidad implacable.
—No podemos permitir un escándalo. —Su voz era dura, como el golpe de un martillo—. No hay opción, hare entrar en razón a Victoria, pero seguirás adelante con el compromiso.
Un frío paralizante recorrió mi cuerpo.
—¿Qué? —Apenas pude pronunciar la palabra.
—La familia de Alec tiene un conglomerado y son un socio importante, su familia es influyente y su matrimonio contigo es conveniente. —Mi madre tomó su copa de vino de nuevo y la llevó a sus labios—. No vamos a arruinarlo todo por un capricho.
—¡No es un capricho! —grité, levantándome de golpe—. ¡Alec me vendió! ¡Victoria me traicionó! ¡Los dos me amenazaron! ¿Acaso no les importa?
Mi padre dejó escapar un suspiro exasperado y caminó hacia mí con paso medido.
—Debiste haber sido más inteligente, Irina. Debiste haber dejado a Victoria en paz. Ahora es demasiado tarde para cambiar las cosas, Alec tiene la ventaja. Si decides rebelarte, destruirá tu reputación y, con ella, la de toda la familia. No es una opción. —Su tono era seco, inflexible.
Mi estómago se retorció con náusea.
—Pero… pero ustedes pueden hacer algo. Tienen poder. —Mi voz se quebró, y odié el tono desesperado que la impregnaba—. Si alguien puede detenerlo, son ustedes.
Mi madre me miró con lástima, pero no la clase de lástima que se siente por alguien a quien amas, sino la que se tiene por algo irreparable.
—No seas ingenua, Irina. Lo único que podemos hacer es asegurarnos de que esto no se salga de control y quizá si jugamos bien las cartas podamos convencer a Alec que como compensación nos ayude a que su hermano acepte casarse con Victoria.
Un nudo se formó en mi garganta. Mis piernas cedieron y me dejé caer en el sillón, sintiendo que la habitación se cerraba a mi alrededor.
—¿Dimitri?… —susurré, con la voz ahogada.
—Sí —confirmó mi padre con firmeza—. Esa sería una buena compensación. No hay más de que hablar, nos comunicaremos con él más tarde.
Mi respiración se volvió errática. Mi madre se levantó, alisó las arrugas inexistentes de su vestido y se acercó a mí. Con una calma cruel, deslizó su mano por mi cabello en un gesto que debería haber sido reconfortante, pero que solo me heló la sangre.
—Debiste ser más inteligente, querida. Justo como Victoria. Esto es culpa tuya.
La desesperanza me envolvió como un sudario. Me sentía atrapada en una pesadilla de la que no podía despertar. Miré a mis padres, buscando alguna grieta en su indiferencia, algún rastro de compasión. No encontré nada. Ellos habían tomado su decisión. Y con ella, habían sellado mi destino. Iban a forzarme a casarme con mi verdugo.