El placer empezó a fundirse con el dolor, y el ardor se volvió fuego. Me quemaba desde dentro. —Eres mía, Irina. Esta parte de ti me pertenece —jadeó contra mi boca—. No me importa que decidieras usarme solo porque descubriste que te amo. Pero debes saber que nadie tendrá el derecho a tocarte de esta forma. Solo yo. Siempre. Su pelvis chocaba con la mía con fuerza calculada, su cuerpo cubría el mío como una sombra protectora y voraz. Cada vez que mi cuerpo temblaba, él gemía como un hombre al borde del éxtasis, pero no se detenía. —Te amo —dijo, aun sujetándome—. Pero no bromeo si algún día intentas alejarte, Irina… destruiré todo. Lo juro por lo que soy. Y justo cuando mis paredes se contrajeron a su alrededor, un grito ahogado salió de mis labios. Me estremecí entera. Él también. S

