—Solo a ti nunca te toqué, nunca alteré tu mente. Acepté que nunca fueras mía… porque tu felicidad lo era todo para mí. Y ahora… ahora te he perdido…
Su voz se quebró completamente. Sus dedos se aferraron a mi cuerpo con desesperación, y lo vi derrumbarse. Lloró, con la frente contra mi pecho inerte, repitiendo una y otra vez la misma pregunta, como una plegaria vacía.
—¿Por qué tuvieron que arrebatarte la vida? ¿Por qué? Hubiera seguido existiendo en las sombras, hubiera seguido conformándome con observarte desde lejos.
El dolor en su voz era insoportable. Era el lamento de un alma que había perdido lo único que la mantenía en pie. Entonces, sin previo aviso, Dimitri se incorporó con una resolución silenciosa. Sus alas se recogieron levemente, y con una delicadeza casi reverencial, deslizó sus brazos bajo mi cadáver y me alzó en el aire. A pesar de la rigidez y la frialdad de la muerte, me sostuvo con la misma ternura con la que un amante carga a su amada.
El mundo a nuestro alrededor se sintió inmóvil cuando se encaminó hacia la puerta. Y justo cuando cruzó el umbral, sentí que mi espíritu era arrancado de donde estaba, arrastrándose junto a mi cuerpo, atado de una manera imposible. No podía resistirme, no podía huir. Mi existencia, de alguna forma, estaba ligada a mi cuerpo sin vida. El frío, nuestro eterno acompañante, se extendió con cada paso que daba Dimitri. La temperatura descendía a su paso, las paredes crujían con una capa de escarcha y el aire parecía más denso, más pesado. Cada paso congelaba el suelo, como si la esencia misma de la habitación se estuviera desmoronando.
Dimitri habló entonces, su voz un susurro cargado de devoción enfermiza.
—No te preocupes, mi amor Jamás permitiré que tu carne se pudra. Estaremos juntos… para siempre.
Algo dentro de mí se rompió con sus palabras. Me di cuenta entonces de la magnitud de su locura. Su mente estaba devastada, una parte de él tenía claro que yo estaba muerta, pero otra estaba atrapada en una fantasía donde yo aún podía estar con él de una manera en la que jamás podría ser y lo peor de todo era que, a pesar del horror de la situación, a pesar de la desesperación, yo… también deseaba seguir a su lado para siempre. Deseaba poder hablarle, tocarlo, decirle que lo entendía. Que, si tan solo tuviera nuevamente la oportunidad, lo elegiría. Que, aunque él no fuera humano, aunque fuera una criatura de la noche, aunque todo a su alrededor gritara peligro, yo lo elegiría a él.
Porque fui una tonta. Porque debí haberlo visto antes. Porque todo lo que Alec jamás me ofreció, él ya lo había hecho, en su manera retorcida y obsesiva, sí, pero con una devoción real. Si hubiera sabido lo que sé ahora, jamás habría elegido a Alec. Habría elegido a Dimitri, pero ahora era demasiado tarde. Descendimos lentamente a lo que supe que era el sótano de la mansión. El aire allí era denso, impregnado de un hedor a hierro y muerte que me hizo estremecerme, aunque ya no tuviera un cuerpo con el cual reaccionar. La penumbra solo era rota por unas pocas antorchas, cuyas llamas danzaban temblorosas, reflejando la imagen de un espectáculo dantesco y ahí, frente a nosotros, encadenados con gruesos grilletes, estaban Alec, mis padre y Victoria.
Mis ojos se abrieron con horror. No era simplemente que estuvieran atrapados o el hecho de que Dimitri los había traído hasta aquí. Lo que verdaderamente me heló fue el estado en el que se encontraban. Sus rostros reflejaban un dolor inmenso. No había daños visibles en sus cuerpos, pero sus miradas, que alguna vez estuvo llenas de arrogancia y dominio, ahora no tenían nada más que desesperación. Supuse sin duda alguna que Dimitri había creado con sus poderes un verdadero infierno dentro de sus mentes
—Te traje aquí para que veas —dijo Dimitri con voz baja, pero cargada de un odio inquebrantable—. Para que veas lo que hice por ti, por nosotros. Para vengarnos de quienes nos separaron.
Alec intentó hablar, su voz era un murmullo ahogado por el dolor.
—Dimitri… tú… no…
Pero Dimitri lo ignoró. Sus ojos oscuros brillaron con una intensidad sobrenatural.
—Ellos te fallaron, mi amor. Te vendieron, te destruyeron. Por eso no los puedo dejar descansar, por eso deberán sufrir junto a nosotros. Yo se que tu sufres tanto como yo.
El aire en la habitación pareció volverse aún más pesado, como si su misma presencia estuviera absorbiendo la vida de todo a su alrededor.
—Ellos jamás fueron dignos de que fueras parte de sus vidas —susurró, inclinando su rostro sobre mi—. Pero no importa. Porque ahora… solo seremos tú y yo.
Su declaración me hizo sentir que Dimitri estaba dispuesto a cruzar cualquier barrera moral y temí por su alma. El horror me embargó por completo. No podía permitirlo. No podía dejar que él se hundiera aún más en la oscuridad por mi culpa. Intenté desesperadamente hacer que me escuchara.
—¡Dimitri, estoy aquí! —grité, pero mi voz se perdió en el aire helado.
Intenté tocarlo, pero mis manos atravesaban su figura como si yo no fuera más que una sombra sin forma. Lo intenté de nuevo, maldije, lloré, supliqué. Pero él no podía verme. No podía oírme.
Mi desesperación creció hasta que, con la última pizca de esperanza, rogué. No sabía a quién, no sabía si alguien me escucharía, pero supliqué a los dioses, a cualquier entidad que gobernara este destino cruel.
—¡Déjenme hablar con él! ¡Solo un segundo! ¡Solo uno!
Y entonces ocurrió el milagro.