condiciones

1682 Palabras
Es inevitable sentir como mi humor cambia rapidamente luego de que Summer insinuara que está aquí por trabajo, y nada más que eso. Pero como el gran empresario que soy, no dejo que mis emociones me controlen y pongo mi mejor cara de póquer y la mirada altiva que me caracteriza. —No voy a negar que sería bueno tratar el tema que nos a traído hasta aquí y luego ser libres de irnos, pero... —hago una pausa solo para analizar sus expresiones faciales— tengo hambre. Tan simple como eso. Así que en lo que a mí concierne, primero ordenare y luego nuestro asunto. —¿Y mientras tanto yo qué hago?— farfulla cruzando sus brazos bajo su busto. Esa acción cubre un poco su escote pero realza sus lindos atributos femeninos. Ella se da cuenta de adónde se han desviado mis ojos y con una seña me dice que sus ojos están en su rostro. —Lo siento. y volviendo al tema, como yo lo veo solo tienes dos opciones, la primera: puedes acompañarme a comer, o la segunda: esperas dónde gustes a que yo termine cenar— suelto despreocupado mientras levanto el menú de la mesa. Summer resopla molesta, y niega repetidamente con su cabeza. —¿ Hablas en serio? — Por supuesto, siempre lo hago —aseguro sin apartar mis ojos de la carta. —Bien. Comeremos. Pero luego no quiero excusas, hablaremos —guarda silencio al ver venir al mesonero que tomara nuestra orden— de lo nuestro. —Si. Si. Lo haremos —. Dirijo mi mirada al hombre parado junto a nuestra mesa. —¿Listos para ordenar? —pregunta el hombre con una pequeña libreta en mano y un lapicero en la otra. —Si —cierro el menú y se lo entrego— dígale al chef que me sorpresa. — ¿Y para la señorita? — Solo una ensalada —digo antes de que ella responda —¿cesar? —pregunto divertido ya que la cara de Summer se ve bastante colorada a pesar de que su tez no es tan blanca como para notarlo a simple vista. — ¿Acaso me ves cara de tortuga, o de algún otra criatura que coma lechuga por gusto? —suelta en tono suave y con una sonrisa que casi me da miedo. —Solo bromeaba. Ordena lo que gustes, preciosa —le guiño un ojo y eso parece enojarla mucho más. —Por supuesto, cariño —. Vuelve su mirada al mesonero— Dígale al chef que prepare un platillo que nos sorprenda a ambos, si lo logra, quedara contratado para que se encargue de la cocina durante la recepción de nuestra boda. El mesonero se sorprende tanto que se queda unos segundos boquiabierto. Y no tengo que ni mencionar que las personas a nuestro alrededor que lograron escuchar lo que acaba de decir Summer ahora lo están cuchichando entre ellos. —Preciosa, quedamos en que todavía no diríamos nada al respecto —digo ocultando mi propia sorpresa. —Ups... es verdad. Lo siento cariño. — Si me disculpan, iré a darle sus recados al chef. Con permiso. Dice el mesonero antes de alejarse de nuestra mesa. — ¿Por qué hiciste eso? ¿Todavía no has firmado el contrato? —no estoy enojado, pero tampoco voy a dudar en reclamar que actúe sin hablarlo antes conmigo. —Lo sé. Pero me aseguro de que no te echarás para atrás una vez te diga cuáles serán mis condiciones. —Mmm... Ya veo. Y tampoco esperarás hasta después de la cena para hablarlo. —Exacto. —Bien. Te escucho —expreso apoyando mis codos del orillo de la mesa y mi barbilla de mis manos. — Cómo ya te dije, firmaré el fulano contrato y me convertiré en tu esposa por tres años... Pero no tendremos sexo. —Wow... Directo al punto. Me gusta que seas directa. Ahora, solo una cosa no me está cuadrando. —¿Eso es? —inquiere arqueando una ceja. —Seran tres años en los que tendremos que aparentar ser una pareja normal. —Ajá... — ¿Cómo se supone que voy a cubrir mis necesidades?... —Tu necesidades las puedes cubrir como, y con quién te plazca, lo importante es que nadie se entere que me eres "infiel" —hace comillas con sus dedos. —Me gusta como piensas. Pero... ¿Y tú? —¿Yo qué? —No te hagas... Cómo vas a cubrir... Ya sabes... La veo rodar sus ojos con fastidio y eso me da risa. —Es obvio que se aplica la misma regla para mi. Como y con quién quiera. Lo que te tiene que importar es que ni tú ni nadie se entere cuando o con quien me acuesto. Su declaración me hace enojar un poco. La verdad es que no me gusta el camino que van tomando las cosas. —No me parece. —Ah...¿ Para ti si y no para mi? —No dije eso. Digo que si vamos a casarnos no deberíamos hacerle creer a los demás que nos somos infieles —me invento una excusa rápida. —Bueno, la abstinencia también es una opción. Claro, para ti. Porque yo no pienso sacrificar mi vida asexual por la causa. —Bueno, yo no voy a estar pintado en la pared —suelto sugerente y mis cejas suben y bajan juguetonas. —Gracias, pero no gracias. No me voy acostar contigo. —¿Por qué? Temes volverte adicta a todo esto una vez lo pruebes —indago señalandome por completo. —No. Temo por mi salud. Te recuerdo que tú fama de don Juan te precede, y no sé si te proteges a la hora de intimar con cada tonta aquel se atraviesa en tu camino. —Ciertamente lo hago, nena —suelto divertido al ver que la estoy molestando con mi actitud. —En fin. No tendremos sexo. —A menos que me lo pidas... Y créeme, me lo pedirás. —Eres libre de soñar despierto. Otra cosa, viviremos solos, y las muestras de cariños serán única y exclusivas en público. —Picarona. —Es en serio Dominico. —Si. Si. En público podré devorar esa boca tuya que me tiene loco. —Ajá... —¿Algo más? —pregunto risueño. — Hay que inventarnos una historia de como nos conocimos. —Si... Hablando de eso, hoy le dije a mi familia que hace un año que salimos. —¿Qué? Estás loco —suelta alarmada. —No. Pero no iban a tragarse el cuento de que después de que mi padre me dijera lo de la condición para poder reclamar mi herencia yo me enamore de la nada. —Entiendo. Está bien. Igual nadie nunca me vio con Jaan. —Ahora que lo mencionas. ¿Qué pasará con él? —cuestiono ocultando el hecho de que ya sé que le terminó por mi causa. — Pues nada. Yo termine mi relación con él. Pero eso no quiere decir que debes en cuando lo busque y tengamos nuestros encuentros. —Te lo prohíbo. —No me hagas reír. —Es en serio. —¿Tú y cuántos más me prohibirán que lo busque? —No necesito a nadie más. No puedes verlo porque cuando se entere que te casarás conmigo gritara a los cuatro vientos que se acuesta contigo y no estoy dispuesto a ser el cornudo del año... Nuevamente —musito lo último. —¿De nuevo? —indaga sin ocultar su interés. — Si. Larga historia. Una que seguramente ya conoces. —La verdad no sé de qué hablas. Pero si no me quieres contar no insistiré. Solo una cosa. —Dime. —¿Por qué necesitas contratarme cómo tu esposa? No estás nada mal. —Entonces... Si te gusto —afirmo recobrando mi buen humor. —No dije eso. Solo digo que eres alto, mantienes tu cuerpo ejercitado, tus ojos son cautivadores —se aclara la garganta— y eres bastante seguro de ti mismo, podrías conseguir a cualquier chica y no tener que pagarme a mi para fingir. —Pues... Para no gustarte notaste muchas cualidades en mi, por lo menos las físicas... —suelto entre risas pero manteniendo la conversación entre nosotros. Summer me da una mala mirada y sus labios hacen una trompetilla que la hace ver muy tierna. — Bien, bien. Ya no bromeare. El asunto es que ya una vez intenté casarme, fue hace cuatro años atrás y no me fue muy bien. —Asi que prefieres no volver a dar un salto de fe y mantener todo bajo control —suelta interrumpiendome— pero, ¿hace cuatro años? Eras muy joven para pensar en casarte. ¿Tendrías como cuántos? Veintiuno, tal vez veintidos. — Veintiuno, y aún así me sentí listo para ese gran paso. Estaba enamorado. Ciego, pero muy enamorado. —¿Y aún lo estás?— sigue indagando con genuino interés — No lo sé. Pero aunque lo estuviera, más duele la herida que dejó su traición. Summer me hace un gesto para hacerme saber que el mesonero viene en camino con nuestros platillos y yo guardo silencio. El hombre deja todo sobre la mesa, describe con brevedad lo que contiene cada plato, me entrega la carta de vino y ordeno una de las más costosas, no para impresionar a Summer, es solo que me encanta su sabor. El mesonero abre la botella para nosotros y finalmente se marcha. Miro a Summer y ella tiene sus ojos fijos en mi como si me estuviera analizando. —¿Qué? ¿Tengo algo en la cara? —No. Es solo que ya entiendo. Toda tu fama de don Juan es solo un disfraz que usas para ocultar tu corazón roto. — Por qué mejor no cenamos antes de que se enfríe. —Esta bien. Pero en algún momento tendrás que contarme la historia o de lo contrario no sabré que decir si alguien me pregunta al respecto. —Tienes razón. Pero no hoy, por favor. —Esta bien. Comamos.
Lectura gratis para nuevos usuarios
Escanee para descargar la aplicación
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Autor
  • chap_listÍndice
  • likeAÑADIR