Emely observó fijamente sus ojos, su boca muy cerca de la suya, y quiso retroceder, pero se encontró con que su propio auto le impedía el escape. Elevó sus manos y las colocó en el amplio pecho. Bruno colocó una mano en la puerta del auto, a la altura de sus caderas, y la otra en el techo del vehículo, a la altura de su rostro. —Bruno... Pero no pudo decir nada más. Él acortó el espacio que los separaba y tomó posesión de sus labios. Ella abrió la boca por la sorpresa y se mantuvo inmóvil, lo que le permitió a él besarla a sus anchas. Sus labios eran gruesos y, evidentemente, era muy hábil para besar. Los párpados de Emely comenzaron a pesar y poco a poco se fueron cerrando, gimió débilmente cuando la lengua de él se deslizó ávidamente dentro de su boca. Las manos de ella, que se mant

