La revelación forzada del lugar exacto donde dejó a los jóvenes fugitivos. El interior de la camioneta olía a cuero limpio, a desinfectante industrial y a la tensión palpable de tres hombres armados que no sabían exactamente qué hacer conmigo. Me habían arrojado en el asiento trasero, flanqueada por dos gorilas corpulentos que apenas cabían en el espacio, mientras el líder con la cicatriz ocupaba el asiento del copiloto, marcando un número en un teléfono satelital con gestos impacientes. El vehículo arrancó con suavidad, incorporándose de nuevo a la autopista y dejando atrás mi pobre y abandonado Ford Focus, que quedó estacionado en el arcén como un triste escarabajo gris a merced de la llovizna. Nadie me habló durante los primeros veinte minutos de trayecto. Las únicas notas musicales e

