El impacto y la palidez en los rostros de la mafia al comprender la magnitud de la fuga. La camioneta negra cruzó el portón de seguridad de la marina privada sin necesidad de detenerse; el guardia de la garita, al ver las placas de los vehículos del alto mando, se limitó a levantar la barrera automática con una rapidez pasmosa, como si estuviera abriendo las puertas del mismísimo infierno. El complejo náutico estaba desierto a esa hora intempestiva, iluminado únicamente por focos halógenos amarillentos que proyectaban sombras alargadas sobre los muelles de madera y los cascos de los yates amarrados. El vehículo frenó con suavidad junto al muelle principal, justo frente a una embarcación de recreo de eslora considerable, pintada de un n***o mate intimidante y con el logotipo discretamente

