Capítulo 1
Su mirada volvió a recorrer su cuerpo en el espejo, deslizándose despacio desde la frente hasta los pies, como si quisiera memorizar cada centímetro de la nueva mujer que tenía ante sí. Y es que, desde que la vida le había dado la oportunidad de vengarse, no lo dudó ni un segundo: puso en marcha cada paso, cada plan, y al final logró lo que tanto había deseado durante años
Pero ahora que ya lo había cumplido, una sensación extraña le apretaba el pecho; se encontraba debatiéndose entre la persona que realmente era, con sus cicatrices y recuerdos, y lo que sentía que debía ser para encajar en esta nueva piel y en esta nueva etapa
—Ahora eres perfecta, María —se dijo a sí misma en voz baja, casi como si intentara convencer a su propia alma
Pasó la yema de sus dedos por el contorno de su mandíbula, más definida y suave; luego bajó por su cuello, sus hombros, su cintura esbelta y sus caderas moldeadas. Era la figura que había soñado, la que había pagado con mucho dolor, tiempo y dinero a través de tantas cirugías
Cada intervención había sido un paso más cerca de su meta: transformarse por completo para acercarse sin ser reconocida, para poder llevar a cabo su venganza contra el hombre que amó hace mucho tiempo…
Se detuvo, clavando la mirada en sus propios ojos reflejados. Allí, en esa profundidad oscura, no veía solo determinación. Había un brillo que no podía borrar, una emoción que se negaba a desaparecer
No lo amé en pasado, pensó con un nudo en la garganta. No… todavía lo ama
Esa verdad le golpeó con más fuerza que cualquier golpe recibido en el pasado. Había cambiado su rostro, su cuerpo, su forma de hablar y hasta su apellido, pero no había logrado cambiar lo que sentía en el fondo. La venganza ya estaba en marcha, incluso cumplida en parte, y sin embargo, el corazón seguía latiendo por quien le había hecho tanto daño
Apoyó ambas manos en el borde del espejo, respirando hondo para calmar la confusión que le revolvía el estómago. Había construido esta nueva identidad con un solo propósito, pero ahora que lo tenía al alcance de la mano, se daba cuenta de que el precio pagado era mucho más alto de lo que imaginaba: estaba perdiéndose a sí mism... en el intento de destruir al otro
—Todo tiene un precio —susurró, mientras una lágrima solitaria resbalaba por su mejilla, deslizándose justo por encima de una cicatriz casi invisible que la cirugía no había logrado borrar del todo, el único recuerdo de lo fue — Y yo ya lo he pagado… ¿pero vale la pena?
Cuando solo tenía quince años, su mejor amiga intuía lo que sentía en su interior y los cambios que ocurrían en su cuerpo, pero nunca le habló claramente de sus inclinaciones, ni mucho menos de lo que en secreto deseaba para sí mismo
En aquellos tiempos, su verdadero nombre era Mario López, al entrar en la adolescencia, su vida comenzó a mostrarle un camino lleno de dificultades y confusiones: descubrió que le gustaban los hombres, pero no cualquiera. Sus deseos eran mucho más complejos, oscuros y contrarios a lo que la sociedad consideraba correcto
El padre de su amiga se convirtió en su meta, en el símbolo de todo aquello que, según las reglas del mundo, no debía desear
Lo conoció por primera vez a los trece años, por entonces, Mario era un muchacho ingenuo, con una apariencia que parecía la de una mujer encerrada en el cuerpo de un joven: su rostro era más delicado y pequeño que el de cualquier otro chico de su edad, tenía un cuerpo esbelto pero con curvas suaves y marcadas, y una figura que muchos envidiarían
Había nacido con una cadera y una espalda que destacaban, portando sin querer todo aquello que en su interior deseaba ver reflejado en sí mismo. Sus labios eran carnosos, con forma de corazón; tenía la nariz respingona y unos ojos profundos. Pero lo que más anhelaba era verse como una mujer; el problema era saber cómo lograrlo
Sus padres pertenecían a la clase media alta, pero para someterse a tantas cirugías y transformaciones, se necesitaba una fortuna
Un día, durante las vacaciones, llegó a casa de su amiga y le dijeron que el señor Miguel Ángel Pedrosa se encontraba allí. Mario ya cargaba con una inquietud creciente y unos deseos que le quemaban por dentro: quería una relación con un hombre mayor, alguien que, sin muchas palabras, lo tomara, lo tratara como si fuera algo sin valor, lo maltratara… pero que, al mismo tiempo, le demostrara una forma de amor posesiva y brutal
Sabía que desear eso y desearlo precisamente en Miguel Ángel, era una idea terrible, pero no podía controlarlo
Esa noche, mientras su amiga dormía profundamente, Mario decidió actuar, se dirigió al despacho con excusas tan inocentes como solo puede inventar un joven de quince años, pero con el corazón latiendo con fuerza y la intención de cumplir su deseo.
Miguel estaba casi borracho y en su mente revoloteaban pensamientos que se negaba a reconocer, pues su orgullo de hombre machista se lo prohibía
Mario se acercó sin hacer ruido y sin mediar palabra, lo besó, al principio fue torpe, inexperto y lleno de nervios, pero el alcohol había debilitado las defensas de ambos. Miguel respondió al beso con una pasión descontrolada, y en cuanto escuchó el gemido ahogado que escapó de los labios de Mario, sintió que caía en el mismo infierno
De inmediato lo apartó con tanta violencia que el joven chocó contra la pared. Así lo quería, así prefería mostrarse
—Me gustas —alcanzó a decir Mario, con lágrimas ya asomando en sus ojos
Sin embargo, Miguel lo tomó bruscamente del cabello, lo arrastró hasta la salida y cuando Mario creyó que simplemente lo echaría, comenzó a golpearlo sin piedad hasta dejarlo casi sin aliento. Esa noche le rompió la nariz, dos costillas y un brazo; y, con frialdad, sacó una navaja y le dibujó una herida profunda en la mejilla: esa cicatriz que, años después, seguía siendo visible por más operaciones que se hiciera
—¡No quiero volver a verte nunca más, asqueroso! —fueron sus palabras
Pero para Mario, las palabras dolieron mucho más que los golpes o la herida sangrante
—Te amo —alcanzó a susurrar, entre sollozos
Miguel se quedó inmóvil, respirando con dificultad, con la ira recorriéndole las venas. Sabía que lo que había hecho traería consecuencias, pero también sabía que su dinero podía arreglar cualquier problema… aunque aquello le parecía demasiado
Mientras tanto, Mario quedó tirado en la calle, llorando, adolorido y destrozado no solo por el maltrato físico, sino por la desolación más profunda
—¡Qué estúpido fui! —gritó ahora María, tocándose la mejilla frente al espejo, las lágrimas brotaban con rabia contenida durante años
Tomó una botella de perfume con furia y la lanzó contra el cristal, haciéndolo estallar en mil pedazos. Entre los fragmentos rotos y el brillo del vidrio esparcido, aún podía distinguir la silueta de la mujer en la que se había convertido
—¡Me las vas a pagar, Miguel! —gritó con voz quebrada pero firme— ¡Te lo juro por todo lo que me hiciste!