33 —Las horas de visita finalizan a las ocho. Y el hospital confirmó que no había nadie en la habitación de Ted después de esa hora, más allá de los doctores y enfermeras de guardia. También es imposible que él hablara, porque sigue enganchado a un ventilador que no podía quitarse por sí mismo. —Entonces me estoy volviendo loco. Arthur sonrió. —Tú y yo. ¿No pasó nada más? Slim sacudió la cabeza, un gesto que envió sacudidas de dolor por todo su cuerpo. Su propia visita al hospital esa mañana seguía fresca en su cabeza, aunque le dieron el alta con un informe sanitario limpio y el consejo de que bebiera menos. —Golpeé la máquina cuando tropecé y desconecté el receptor. Es como si hubiera una conspiración contra mí. —Te he traído las fotografías —dijo Arthur—. Sigo esperando al del AD

