La quiero a ella de intermediaria.

1964 Palabras
Semanas después de aquella visita a Díaz, Anthony y María Elena caminaban juntos hacia el edificio donde ella vivía. Ambos estaban sumidos en pensamientos, arrastrando el peso de las emociones recientes. A pesar del silencio, el calor de su cercanía les ofrecía algo de consuelo. De pronto, el teléfono de Anthony vibró. Lo sacó del bolsillo y miró la pantalla con el ceño fruncido. —Es de la prisión donde está Díaz —informó, antes de contestar. —Responde —solicitó Elena. —¡Lennox! Una voz firme y seca rompió el silencio al otro lado de la línea. —Quiero hablar de mi caso —dijo Luis Díaz—. Pero no contigo ni con María Elena. Solo con Dafne Duque. Anthony se detuvo, sorprendido. —¿Dafne? ¿Cómo la conoces? —Eso no importa. Es mi condición. Si no es ella, no hay trato. María Elena, al ver la expresión de Anthony, se acercó y le susurró: —¿Qué pasa? Anthony le bajó el volumen al teléfono y le explicó: —Díaz dice que quiere hablar de su caso, pero solo a través de tu hermana. —¿Dafne? —repitió ella, frunciendo el ceño—. ¿Qué tiene que ver ella en todo esto? —Eso mismo me pregunto yo. —Esa loca fue a verlo —masculló María Elena—. Si es su condición, debemos aceptarla. Yo hablaré con mi hermana. —¿Sin su autorización? —Tú dile a Diaz que aceptamos el trato, yo me encargo de Dafne —susurró pensativa. Anthony volvió al teléfono y dijo con resignación: —Está bien. Dafne será la intermediaria. —Bien —respondió Luis, colgando sin más. Anthony guardó el móvil en el bolsillo y miró a María Elena con una mezcla de confusión y preocupación. —Esto no tiene sentido. ¿Por qué Dafne? —Con mi hermana nada tiene sentido. Solo espero que esta decisión nos acerque a la verdad. Esa misma noche, tras una cena tensa, María Elena aprovechó un momento de calma y se acercó a su hermana. —Dafne, quiero hablar contigo. A solas. Las dos salieron al balcón. El aire frío golpeó sus rostros, intensificando la tensión que ya se percibía en el ambiente. —¿Cómo diablos conoces a Luis Díaz? —disparó María Elena, cruzándose de brazos. Dafne sonrió con desdén. —¿Qué te dijo? ¿Que lo fui a amenazar? —¿Lo hiciste? —¡Claro! ¿Acaso no viste cómo te trató? Ese tipo necesitaba una lección. —¡No puedes hacer eso, Dafne! Él estaba herido… y tú echaste más leña al fuego. —¿Y tú ahora lo defiendes? —bufó Dafne—. Ese tipo no tiene excusa. —Dafne, ese hombre… quiere que tú seas la intermediaria. Dafne la miró, incrédula. —¿Yo? ¿Entre ustedes y ese idiota? Ni lo sueñes. —No es un capricho. Si no colaboramos, no podremos probar su inocencia. Dafne se volvió hacia la barandilla, mirando las luces de la ciudad. —¿Y por qué yo? —Es evidente que impactaste en él —respondió María Elena—. Tanto que solo quiere hablar contigo. Dafne giró lentamente. —¿Impacté en él? Solo le dije sus verdades. No me gusta que traten a mi familia como basura. —Tal vez por eso te eligió. Porque contigo no puede manipular la situación. Por favor, habla con él. Si después decides no ayudar, lo aceptaré. Dafne la observó, mordiéndose el labio inferior. —Está bien —cedió al fin—. Pero no me lo agradezcas. Aún no. **** La sala de visitas de la prisión era fría y gris. Dafne Duque entró con la cabeza en alto, los pasos firmes y los ojos azules encendidos por la tensión. Se sentó con la espalda recta, como si la silla fuera un trono, y cruzó los brazos. Luis apareció escoltado por un guardia. Caminó con su típica actitud altanera y su sonrisa insolente. —Qué rápido acudiste a mi llamado, Duque. Me siento halagado. Dafne lo fulminó con la mirada. —No confundas las cosas. Estoy aquí porque quiero entender qué diablos pretendes. Luis se sentó con calma, entrelazando las manos. —No pretendo nada complicado. No confío en la justicia… ni en nadie más. Solo en ti. —¿Y qué se supone que debo hacer con eso? —replicó, inclinándose hacia él—. ¿Sentirme especial? Luis sostuvo su mirada, sin rastro de burla. —No sé si especial… pero sí única. No todos se atreven a hablarme como tú. —Vamos al grano, Díaz. No vine por halagos. —Dile a tu hermana que acepto su defensa. Pero con una condición. Dafne alzó una ceja. —¿Condición? ¿En serio? Estás en prisión, no estás en posición de exigir. —Quiero que tú estés presente en cada reunión. No hablaré con María Elena, ni con Lennox. Solo contigo. Dafne se tensó, sorprendida. —¿Por qué yo? Luis dejó caer la sonrisa. —Porque contigo todo es real. No finges, no suavizas. Quiero que seas testigo de quién soy en verdad. Ella lo estudió por unos segundos, en silencio. —No sé si eso es lo más idiota que he escuchado… o lo más audaz. —Probablemente ambas —dijo Luis, poniéndose de pie. Dafne también se levantó. —Hablaré con ellos. Pero si esto es un juego… Luis se inclinó hacia ella, rozando peligrosamente su espacio personal. —¿Qué harás, Duque? ¿Me gritarás? ¿O me besarás de nuevo para imponer tu ley? Antes de que pudiera reaccionar, Luis la tomó del rostro y la besó. No fue un beso suave. Fue un acto cargado de furia, desafío y deseo contenido. Un impulso. Una chispa encendida por el orgullo y algo más que ninguno de los dos entendía. Dafne respondió. No por ternura, sino por pura rabia. Por desafío. Era una guerra, no una entrega. Pero al segundo siguiente, se apartó bruscamente. —¡Estás completamente loco! —gritó, y lo abofeteó con fuerza. Luis ni se inmutó, solo se tocó la mejilla, y la observó con esa mirada desafiante. —Tú también lo estás. O no habrías correspondido. —¡No vuelvas a besarme jamás! —le espetó—. Fue un error. No lo confundas con otra cosa. Luis se acercó de nuevo, los ojos oscuros clavados en los de ella. —¿Error? Tal vez. Pero no pareció que quisieras detenerlo. Dafne tragó saliva. Alzó la barbilla. —Esto no significa nada. ¿Ves esto? —Le mostró el anillo de compromiso—. Esto es una barrera. Luis la miró con intensidad. —¿Y por qué me da la impresión de que ese anillo no significa tanto para ti como dices? Ella dio un paso atrás. —No sabes nada de mí. —Tal vez. Pero una mujer comprometida no corresponde a un beso de otro hombre —soltó con descaro. —Esto fue la última vez, Díaz. La próxima, no me contengo. —La última vez… seguro —susurró él, volviendo a sentarse. —Un consejo: deja de cruzar líneas sin retorno. Dafne tomó su bolso y salió sin mirar atrás. Luis la observó irse. Por primera vez, sin una sonrisa. —Definitivamente única —murmuró. Ya en el auto, Dafne cerró los ojos, exhalando con fuerza. “¿Qué diablos fue eso?” Golpeó el volante con frustración. El recuerdo del beso le ardía como una herida abierta. No por lo que había pasado… sino por cómo la había hecho sentir. Luis Díaz era un problema. Uno al que no podía dejar de mirar. Y el problema recién comenzaba. **** Luis regresó a su celda escoltado por el guardia, pero apenas notaba los pasos que resonaban en el estrecho pasillo. Su mente estaba ocupada, su cuerpo tenso de una manera que no había experimentado en mucho tiempo. Al entrar a la celda, Ramiro, su compañero, lo miró desde la litera de abajo con una sonrisa burlona. —¿Y? ¿Cómo te fue con la señorita refinada? ¿Te puso en tu lugar? —preguntó, dejando caer el libro que estaba leyendo. Luis no respondió de inmediato. Caminó hacia el pequeño escritorio y se sentó, apoyando los codos sobre la madera desgastada. —Es una tormenta, Ramiro. Una tormenta envuelta en un vestido caro —murmuró finalmente, aunque había más admiración que burla en su tono. Ramiro soltó una carcajada, incorporándose para mirarlo mejor. —Eso suena a que la mujer te sacudió más de lo que pensabas. Luis negó con la cabeza, pero su mente estaba lejos de la celda. Pensaba en el desafío en los ojos de Dafne, en la forma en que no retrocedió ni un milímetro, en cómo lo enfrentó sin miedo, incluso cuando él intentó mantener el control de la situación besándola. Aún sentía en sus labios el sabor de los de ella. “¿Qué tiene esa mujer que me revuelve tanto?” —Es como pelear contra una pared —respondió en voz baja—. Pero una pared que te hace preguntarte si todo lo que creías saber está mal. Ramiro lo observó con interés, pero no interrumpió. Luis respiró hondo, tratando de calmar el latido insistente de su corazón. “¿Por qué necesito que sea ella? ¿Qué me importa lo que piense o sienta? Además, a la señorita refinada le gusta jugar con fuego, y no seré un juguete en su colección”. Pero sabía la respuesta, aunque no quería admitirla. Dafne Duque era la primera persona en años que lo hacía sentir como un hombre fuera de las sombras de una celda. Su presencia, su fuerza, su testarudez… todo en ella lo desafiaba, lo impulsaba, y eso lo aterraba tanto como lo fascinaba. Antes de que Ramiro pudiera hacer otro comentario, Luis se recostó en su litera y cerró los ojos. —Deja de mirarme de esa forma como si estuvieras leyendo mi mente, Ramiro. No tengo tiempo para tus teorías. Ramiro rio suavemente y volvió a su libro. —Claro, hermano. Como digas. Pero mientras el silencio llenaba la celda, Luis no podía dejar de pensar en Dafne. Una tormenta, sí. Y ahora, más que nunca, sabía que esa tormenta estaba a punto de cambiarlo todo. ***** Dafne irrumpió en el apartamento como un torbellino, lanzando su bolso al sofá y quitándose la chaqueta de cuero con movimientos bruscos. Su rostro estaba encendido por una mezcla de enojo y frustración, y su respiración acelerada dejaba claro que había algo en su mente que no podía controlar. Desde la cocina, Armando, su novio levantó la vista de su copa de vino, observando cómo su “prometida” hacía una entrada digna de un drama teatral. —Vaya, alguien tuvo un día interesante —comentó con una sonrisa mientras caminaba hacia ella con la copa en la mano—. ¿Qué pasó esta vez? Dafne lo fulminó con la mirada, dejándose caer en el sofá con los brazos cruzados. —Ese hombre… ese maldito arrogante de Luis Díaz… —soltó, agitando las manos como si intentara deshacerse de la rabia que la consumía. Armando arqueó una ceja, divertido. —Ah, tu nuevo mejor amigo. ¿Qué hizo ahora? Dafne bufó, pasándose una mano por el cabello para intentar calmarse. —¿Qué no hizo? Primero me exige que sea su intermediaria con María Elena y Lennox. Luego, cuando intento ponerlo en su lugar, ¿sabes qué hace? Armando se inclinó hacia ella, intrigado. —Sorpréndeme. Dafne lo miró directamente a los ojos, como si quisiera asegurarse de que estaba prestando atención. —¡Me besó! Otra vez.
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