Un torbellino de nombre: Dafne Duque.

2329 Palabras
Ella dio un paso adelante. Sin titubear, lo miró directamente a los ojos y habló en un tono implacable: —Soy Dafne Duque, la hermana de María Elena. Vine a decirte que eres un imbécil, y no voy a permitir que sigas tratando mal a mi hermana. Deberías estar agradecido de que una abogada como ella haya reconocido su error y esté dispuesta a sacarte de este lugar. Luis la observó, atónito. Aunque su instinto le decía que respondiera con arrogancia, había algo en la determinación de Dafne que lo incomodaba. Esbozó una sonrisa fría y cruzó los brazos, sin rastro de intimidación. Sus ojos oscuros la examinaron con desdén, y su voz adquirió un tono cargado de sarcasmo y resentimiento. —¿Agradecido? —replicó con una risa amarga—. ¿Crees que tengo algo que agradecerle a tu hermana? Ella es parte de la razón por la que llevo ocho años encerrado en este agujero. —Dio un paso adelante, irguiéndose con altivez—. Perdí todo, ¿entiendes? Mi esposa, mis hijos, mi fortuna, mi vida. No necesito que venga ahora, con aires de heroína, a “arreglar” lo que destruyó. Dafne no retrocedió, manteniéndose firme y enfrentándolo con la mirada. Su expresión se endureció, y aunque la rabia encendía sus ojos, no mostró el menor temor. Pero Luis continuó, su tono volviéndose cada vez más mordaz. —Así que, señorita Duque, no sé quién te crees para venir aquí a exigirme nada. Yo no soy el tipo de hombre que se deja intimidar. Dafne dio un paso hacia él, acortando la distancia con una mirada decidida. —A mí tampoco me intimidan los hombres como tú, Luis Díaz —le dijo con voz firme—. Y deja de culpar solo a mi hermana, porque si estás aquí, es también por este podrido sistema. Las pruebas te inculpaban, y ella hizo lo que cualquier abogado habría hecho. ¿Por qué no culpas a tu abogado defensor? ¿O solo es más fácil culpar a María Elena? Luis apretó la mandíbula, y sus ojos se oscurecieron mientras avanzaba otro paso, quedando a escasos centímetros de ella. —¿Pruebas? —replicó en un susurro cargado de resentimiento—. Yo era inocente. Lo soy. Y no tienes idea de lo que he pasado estos ocho años por esas malditas “pruebas” que destruyeron mi vida. Así que, señorita Duque, si no se larga ahora mismo, puede que cometa una locura. Dafne no retrocedió ni un milímetro, manteniéndole la mirada con firmeza. Una sonrisa desafiante curvó sus labios, y sus palabras salieron con calma peligrosa. —No te tengo miedo, Luis Díaz. He lidiado con hombres mucho más intimidantes que tú, y ninguno me ha hecho dar un paso atrás. La tensión entre ambos era palpable. Sus miradas fijas el uno en el otro crearon un ambiente eléctrico en la sala, donde ninguno cedía terreno. Dafne permaneció en su lugar, sus ojos desafiantes atrapados en los de Luis. Ese acercamiento y la tensión entre ellos parecían intensificar cada segundo que pasaba. Luis, respirando pesadamente, la miró de arriba abajo con una chispa de provocación en sus ojos oscuros. —¿De verdad no te intimido, Dafne? —murmuró, su voz baja y cargada de sarcasmo. Ella alzó una ceja y se cruzó de brazos, sin apartar la mirada. —Ni un poco —replicó, con una media sonrisa retadora—. ¿Por qué? ¿Planeas intentarlo? Sin darle tiempo a reaccionar, Luis acortó la distancia entre ellos, rodeándola con sus brazos. Con un movimiento decidido, se inclinó y la besó, en un gesto cargado de desafío, como si quisiera demostrarle que aún podía hacerla tambalear. Dafne, sorprendida, sintió su corazón acelerarse, pero, en lugar de apartarse, respondió al beso con una mezcla de rabia y atracción inesperada. Ambos parecían retarse incluso en ese contacto, ninguno cediendo. Finalmente, Luis se apartó solo un poco, sus labios aún cerca de los de ella, y la miró con intensidad. —¿Y ahora? ¿Te intimidé? —preguntó en un susurro. Dafne recuperó el aliento, el orgullo brillando en sus ojos. —Ni por un segundo —respondió, con una sonrisa desafiante. Luis la miró con descaro, una sonrisa insolente asomando en sus labios. —Bueno, ya que solicitaste una visita conyugal… podríamos aprovechar para hacer otras cosas —murmuró, empujándola suavemente contra la pared y manteniéndola acorralada. Se inclinó hacia su cuello, respirando profundamente para disfrutar de su aroma. —Hueles delicioso —susurró al oído, con un tono provocador que la hizo estremecerse. Dafne apretó los dientes, intentando no mostrar la reacción que el contacto le provocaba, y lo miró desafiante. —Estás pisando terrenos prohibidos, Díaz… ten cuidado —respondió en voz suave pero firme. Luis dejó escapar una risa baja, manteniendo su mirada fija en la de ella. —En este lugar he pasado por muchas cosas, Duque. Nada me asusta. La proximidad era absoluta; sus cuerpos casi pegados y sus respiraciones entrecortadas llenaban el aire de una tensión electrizante. Los ojos de Luis brillaban con un desafío igualado por la mirada retadora de Dafne. Justo en el instante en que Luis se disponía a acercarse de nuevo, un golpe fuerte resonó en la puerta. Ambos se tensaron y miraron hacia el sonido, y la voz autoritaria de un guardia irrumpió en la atmósfera cargada de la sala. —Tiempo terminado, señorita. Su visita ha concluido. Dafne, sin perder la compostura, le lanzó a Luis una última mirada desafiante y se soltó de su agarre. Enderezándose, alisó su ropa y, con una sonrisa segura, murmuró: —No te confundas, Díaz. Si alguien controla esta situación, soy yo. Luis la observó, divertido y frustrado, mientras ella se dirigía a la puerta. Al cruzarla, Dafne le lanzó una última mirada desde el umbral, sus labios curvándose en una sonrisa que dejaba en claro que este enfrentamiento apenas comenzaba. Cuando la puerta se cerró, Luis permaneció inmóvil, su mente atrapada en el torbellino que ella había dejado a su paso. Esa mujer había irrumpido en su vida como una tormenta. El descaro con el que lo había tratado, su arrogancia y la forma en que se plantó frente a él lo dejaban atónito. —La hermana de la abogada que me encerró en este lugar… —murmuró con una sonrisa amarga—. Como si no hubiera tenido suficiente con una Duque. Por otro lado, Dafne caminaba por el pasillo del centro de detención con pasos firmes, pero su mente seguía atrapada en el breve encuentro. Sentía rabia, frustración, y algo de inquietud. Luis Díaz, con su arrogancia y actitud desafiante, había sido todo menos un prisionero resignado. La intensidad de su mirada y la forma en que la había retado le habían dejado una marca difícil de ignorar. Sacudiendo esos pensamientos, se forzó a mantener la calma y murmuró para sí misma mientras avanzaba: —Ese tipo es un idiota… y aun así… —una sonrisa apenas perceptible asomó en sus labios—. No tiene idea de con quién se está metiendo. **** Luis de regreso a su celda, estaba sentado en el borde de su cama, con la mirada fija en el desgastado. Intentaba apartar el recuerdo de aquella visita, pero las imágenes regresaban una y otra vez: su mirada desafiante, su actitud altiva y, sobre todo, aquel beso que había encendido una chispa que lo desorientaba profundamente. Su compañero de celda, Ramiro, un hombre robusto de risa fácil, entró con una expresión burlona. Se dejó caer en su litera con un movimiento despreocupado. —Oye, Díaz, ¿cómo te fue en esa visita conyugal sorpresa? —preguntó, mordiéndose el labio para contener una carcajada—. ¿Te sorprendió alguna ex arrepentida o qué? Luis levantó la mirada, frunciendo el ceño con evidente molestia. Soltó un resoplido y cruzó los brazos. —No fue una visita conyugal, Ramiro —gruñó, su tono cargado de fastidio—. Me visitó una loca de atar. La hermana de la abogada que me metió en este maldito lugar. Ramiro arqueó una ceja, claramente intrigado. —¿Qué? ¿La hermana de esa abogada? ¿Y qué demonios quería? Luis se irguió, su expresión endureciéndose. —Esa insolente vino a insultarme, ¿puedes creerlo? —cuestionó, su voz llena de desdén—. Se plantó ahí como si tuviera todo el derecho del mundo a hablarme de frente. Dijo que debería estar agradecido porque su hermana está tratando de sacarme de aquí. ¡Agradecido! —Luis dejó escapar una risa amarga—. Como si olvidara que esa misma abogada fue quien me hundió. Ramiro se inclinó hacia adelante, claramente entretenido. —¿Y qué hiciste? ¿Le diste una lección? Luis lo miró con una sonrisa fría. —¿Crees que me voy a dejar intimidar por una mujer como Dafne Duque? —respondió, mordaz—. No me conoce. Se fue como llegó: con su ego inflado, pensando que había ganado algo. Sin embargo, mientras decía eso, el recuerdo del beso le asaltó la mente como un relámpago. La forma en que la había acorralado, el choque de sus labios cargados de furia y desafío, y la manera en que ella le respondió, sin retroceder, igualando su intensidad. Ese instante había removido algo que no sabía cómo procesar, y eso lo irritaba aún más. Ramiro soltó una carcajada, ajeno al conflicto interno de Luis. —Vaya, hermano, parece que esa tal Dafne te dejó más alterado de lo que admites. Mira esa cara. Estás pensando en algo que no quieres decirme. Luis lo fulminó con la mirada y comenzó a caminar de un lado a otro en el pequeño espacio de la celda, como un león enjaulado. —No estoy pensando en nada —gruñó—. Es solo que esa mujer me subestimó. Cree que puede venir a darme lecciones. Pero Dafne Duque no sabe con quién se está metiendo. Ramiro levantó las manos en señal de rendición, sin borrar la sonrisa burlona. —Como digas, Díaz. Pero, por cómo hablas de ella, diría que te dejó más que solo una impresión. Luis ignoró el comentario y se dejó caer en su litera, cerrando los ojos con fuerza. Intentaba sofocar los recuerdos que no dejaban de perseguirlo, pero no podía borrar los destellos de aquel beso ni la intensidad de los ojos de Dafne. Algo en él había cambiado, aunque no estaba dispuesto a admitirlo. **** Dafne irrumpió en la oficina de Armando, su novio, como un torbellino, empujando la puerta sin molestarse en tocar. Su rostro era una mezcla de enojo y confusión, y sus tacones resonaron en el suelo mientras se plantaba frente al escritorio donde Armando revisaba unos planos. —¡Ese hombre es un patán! —exclamó, dejando caer su bolso en una silla cercana. Armando alzó la vista con una ceja arqueada, deteniendo su trabajo. Aunque habían discutido sobre la visita a Luis Díaz la noche anterior, no esperaba una reacción tan explosiva. —¿Luis Díaz? —preguntó, apartando los planos y centrando su atención en ella—. ¿Qué hizo ahora? ¿Te puso las cosas difíciles? Porque no te veo acostumbrada a eso. Dafne resopló y se dejó caer en la silla frente al escritorio. —¡Difíciles es poco! Ese imbécil es insufrible. Me desafió en cada palabra, me trató como si fuera una cualquiera. ¡Y luego…! —Se detuvo, llevándose las manos a la cabeza—. ¡Me besó! Ese hombre tuvo el descaro de besarme como si fuera una especie de desafío. Armando alzó ambas cejas, claramente sorprendido. Una sonrisa divertida se dibujó en sus labios. —¿Luis Díaz te besó? ¿El hombre al que ibas a poner en su lugar? —preguntó, recostándose en su silla con los brazos cruzados—. Esto mejora por momentos. Por favor, dime que al menos lo pusiste en su sitio después. —¡Por supuesto que lo hice! —exclamó Dafne, indignada—. Le dejé claro que no me intimida y que no tiene idea de con quién está lidiando. Pero… —Miró por la ventana, buscando las palabras—. Ese beso fue… diferente. No sé cómo explicarlo. Armando la estudió, su expresión cambiando de diversión a interés genuino. —Oh, querida… ¿te removió algo? —preguntó, inclinándose hacia ella con una sonrisa maliciosa—. Porque, si un beso te deja pensando, eso ya es algo. —¡No digas tonterías! —refutó Dafne, aunque el rubor en su rostro la delataba—. Fue un beso lleno de arrogancia y desafío. No tuvo nada de romántico. Pero sí… me dejó pensando. Armando ladeó la cabeza, como si tratara de resolver un enigma. —Dafne, los desafíos no siempre son para irritarnos. Quizás Luis Díaz no sea solo un patán. Quizás sea justo el tipo de caos que necesitas en tu vida perfecta. Ella lo miró, incrédula, antes de sacudir la cabeza. —¿Estás loco? Ese hombre es todo lo que detesto: arrogante, terco y… ¡un desafío constante! No pienso perder más tiempo en él. Pero mientras hablaba, su mente la traicionaba, recordándole el momento del beso, los ojos de Luis Díaz y el extraño cosquilleo en su estómago. Dafne sacudió la cabeza para despejar esos pensamientos y se levantó de un salto. —Bueno, ya descargué mi frustración. Ahora tengo cosas importantes que hacer —anunció, agarrando su bolso. Armando, aún sonriente, la siguió con la mirada mientras se dirigía a la puerta. —Cariño, si vuelves a enfrentarte a ese patán, quiero todos los detalles. Y recuerda: si necesitas calmar tu furia, aquí estoy. Dafne giró sobre sus tacones y le lanzó una mirada fulminante antes de salir. No obstante, no pudo evitar esbozar una leve sonrisa. Por mucho que intentara negarlo, su mente seguía atrapada en ese beso inesperado.
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