Me quedé helada, al escuchar a Helena, sus palabras fueron como un golpe en el estómago. Recordé la noche anterior, la furia de Lisandro, sus manos atándome, su boca en mi piel, sus palabras: “¿Quieres que te demuestre que me gustan las mujeres?”. Mi corazón se aceleró, y sentí que el suelo se movía bajo mis pies. ¿Cómo sabía ella eso? ¿Era verdad lo que decía? —Vete —dije, con la voz temblando— no quiero escucharte. Pero Helena no se movió. Se acercó más, y su sonrisa se volvió más afilada. —¿Ya lo hizo, verdad? —dijo, casi riéndose— por tu cara, sé que sí. ¿Te contó por qué me fui, Valeria? ¿Te dijo la verdad? No respondí, no podía, fue como si mi garganta por un instante se hubiera cerrado, mi cabeza era un torbellino. Helena aprovechó mi silencio y siguió hablando. —Me fui porqu

