Lloré hasta que no me quedaron lágrimas, mis ojos me ardían, y el pecho me dolía como si alguien lo hubiera aplastado, me senté sobre el suelo, abrazando mis rodillas, no podía creer que me hubiera tratado así. Podía escuchar sus palabras dentro de mi cabeza: “Quiero que te vayas, Valeria. Te buscaré cuando quiera tenerte”. ¿Quién se creía que era? ¿Cómo podía pasar de besarme con tanta furia, de hacerme sentir que era todo para él, a echarme como si no valiera nada? Me sentía usada, humillada, y, sobre todo, rota. Me levanté y sentí que mis piernas temblaban, no quería estar un segundo más en ese lugar. Fui al vestidor y tomé mi maleta, empecé a meter mis cosas: un par de jeans, unas camisetas, mi cepillo de dientes, mi agenda. Todo lo que Lisandro me había comprado, los vestidos car

