Me acerqué y me paré frente a Lisandro, él llevó el puro a su boca, dio una larga calada, la sala estaba en penumbras, iluminada tan solo por la luz de una lámpara de la calle que se colaba por la ventana, me quedé mirándolo, con la rabia y el alivio peleando dentro de mí. —¿No vas a decir nada? —pregunté. Lisandro dejó salir el humo por la boca, sin apartar los ojos de mí. —¿Qué quieres saber? —dijo, con voz fría. —Todo, Lisandro —dije, apretando los puños— todo, fui a hablar con tu madre. —¡Demonios, Valeria! —gritó, poniéndose de pie— ¿Por qué carajo fuiste a hablar con ella? —No te encontraba, Lisandro —dije, con la voz quebrada— ¿Qué querías que hiciera? Se puso a caminar de un lado a otro, como un animal enjaulado. —¿Qué te dijo mi madre? —Lisandro, lo que ella dijo no impo

