Después de la cena, Nico se había quedado dormido de nuevo, abrazado a su dinosaurio de peluche. La nana lo llevó a su habitación, dejándonos a Lisandro y a mí solos en el comedor. Lisandro me miró, sus ojos oscuros brillaron con algo más que rabia, supe que esta noche no se trataría de peleas. Se acercó, su mano se deslizó por mi cintura. —Ven conmigo —murmuró. No dije nada, solo lo seguí, me llevó a nuestra habitación, cerrando la puerta, la luz de la luna se colaba por la ventana, iluminando su rostro, miré sus hombros anchos, la camiseta se ajustaba a su pecho —Valeria —dijo, acercándose, acarició mi mejilla— no quiero más juegos. Intenté mantener mi fachada, pero mi voz salió más suave de lo que quería. —No sé si puedo creerte, Lisandro, no después de hoy. Él sonrió, esa sonri

