Me quedé congelada sin poder creerlo. Lisandro Duvall, ahí, en mi casa, frente a mi familia. Con un traje n***o que le quedaba como pegado al cuerpo, el pelo un poco desordenado, como si hubiera corrido bajo una tormenta, y esos ojos azules —fríos, intensos— clavados en mí. No era un hombre. Era un problema. —Valeria —dijo mi nombre, despacio. No dije nada, no podía. Mis pies pesaban como si estuvieran atascados en el suelo. Ricardo sonrió sin darse cuenta de que acababa de abrir la puerta al desastre. —Justo hablábamos de ti, Val. Lisandro Duvall, el de Duvall Wines, de los más grandes en el negocio del vino argentino. Y ahora quiere meterse en nuestra cosecha. Mamá me miró de reojo. Siempre pesca algo. —¿Ya se conocían? —preguntó. Lisandro no me quitó los ojos de encima. —Sí —

