Desperté sintiendo mi cuerpo hecho trizas, como si hubiera sido arrastrada por una tormenta de deseo y ahora solo quedaran los escombros. Cada músculo me dolía, cada roce contra las sábanas me recordaba la forma en que Lisandro me había hecho temblar, era como si mi cuerpo ya no me perteneciera del todo. El sabor de su boca seguía pegado a la mía, como una condena, podía sentir su aroma, y su voz... esa voz áspera, grave, que me susurraba que era suya. Pero lo peor no era eso. Lo peor era que una parte de mí no quería pelear más. Estaba cansada, rota, entregada. Sabía que a las ocho estaría afuera, puntual, siempre lo era. Sabía que no podía huir, porque nunca se trató de distancia, él tenía un mapa de mí. Y sabía cómo llegar a cada rincón. Me duché en silencio, necesitaba el agua fría

