Me desperté desnuda, sintiendo la boca seca, el cuerpo molido y la garganta cerrada. Me dolía todo, como si me hubieran dado una paliza. No era el frío de la cabaña, era lo de anoche. Lo que le dije, lo que dejé que pasara. Lisandro estaba metido en mi cabeza, en mi piel, como una maldita garrapata que no podía arrancar. No estaba en la cama, lo oía moviéndose en la cocina. No necesitaba verlo para sentirlo, era como un peso en el aire, como una droga que te pega y no te suelta. De repente, una náusea me dio de lleno, me levanté tropezando con las sábanas y corrí al baño. Vomité justo a tiempo, esperaba que no se diera cuenta. Escuché sus pasos acercándose, se quedó en la puerta, con una taza en la mano, mirándome, con gesto serio. —¿Desde cuándo? —preguntó, alzando una ceja. Voltee a

