Por la mañana me desperté al escuchar un estruendo, fue el sonido de algo muy pesado cayendo al suelo. Me incorporé de prisa, aturdida, sin saber qué era lo que sucedía. —¡Lisandro! —grité al darme cuenta de que no estaba conmigo. Corrí hasta la sala del pent-house, y entonces lo vi. El televisor estaba destrozado, había pedazos por todas partes. Las cortinas estaban tiradas, un jarrón roto. Lisandro, estaba de pie en medio del caos, con los puños ensangrentados, y la mirada perdida, tenía los dientes apretados como si estuviera conteniendo una bomba dentro del pecho. —¿Qué pasó? —Pregunté sin entender. Él no me miró, solo apretó más los puños. —¿Lisandro? ¿Qué fue lo que pasó? —insistí, acercándome. Entonces, giró hacia mí. Y sus ojos... no eran los de siempre, eran los de un homb

