Lisandro ordenó que instalaran un sistema nuevo de videovigilancia, y que se aseguraran que fueran cámaras que no pudieran ser hackeadas. Un sistema que solo él controlara. —¿Y si hay más? —pregunté. —No las hay —dijo— porque mis hombres son mejores que los suyos, y porque ahora sé que está jugando sucio, así que voy a jugar más sucio. —¿Qué vas a hacer? —Voy a usar lo que ella no sabe —dijo— yo también la vigilo, tengo a alguien dentro de su casa, sé lo que hace, con quién, y cuándo, aunque claro, no a su mismo nivel retorcido. —¿Y si se da cuenta? —Que se dé —dijo— porque si lo hace sabrá que no puede ganarme, porque yo no juego, yo domino. —¿Y Nicolás? ¿Cómo está? —Estable, fuera de peligro, una pequeña herida en su cabeza, le están suministrando medicamentos para desinflamarlo

