Obsesión perversa

1570 Palabras

Nos apresuramos a hacer el equipaje, y una hora después estábamos camino al aeropuerto, Lisandro me tomó la mano, y subimos al avión privado en silencio, él estaba sumido en sus pensamientos. Yo estaba sentada junto a la ventana, con la cabeza apoyada en el hombro de Lisandro, mientras él me acariciaba el pelo, podía sentir su respiración, lenta, aunque solo él sabía la tormenta que llevaba dentro. —¿Estás bien? —me preguntó, sin mirarme. —No —dije— no puedo estar bien cuando tú no lo estás, y Nicolás está herido. Él no respondió, solo apretó la mandíbula. Pensé en Nicolás con esos ojos grandes y su sonrisa que me derrite el alma, le gustan los dinosaurios, los helados de chocolate, y dibujar con crayones, y desde que lo conocí, me robó el corazón. —¿Cómo está? —pregunté. —Herido —d

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