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1568 Palabras

—¡Sabe que soy tu punto débil! —le grité, la furia me ahogaba. Él me miró con una expresión de dolor. —Lo sé, Isabella. Lo sé. Y lo siento. Pero no podía arriesgarme. No la conoces... —¡Espera! —lo interrumpí, mi mente de desquiciada-estratega empezó a maquinar a toda velocidad. El shock se convirtió en adrenalina pura. —¡Ya sé! ¡Tengo una idea, sííí! Lo agarré por los hombros, mis ojos brillando con una locura recién adquirida. —Por ahora, seguir con lo que ella te pidió. ¡Haremos delante de ella los amigos que somos, sííí! —empecé a hablar como una desquiciada, gesticulando con las manos—. ¡Sííí, eso haré! ¡Y haremos! Seremos lo que ella quiere. La Isabella indiferente, la amiga casual, la que está "demasiado ocupada con su vida"—. Me detuve, la idea ya estaba tomando forma—. ¿El

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