Y en ese caos, mi corazón habló más fuerte que mi cerebro. Necesitaba el abrazo de mi madre, necesitaba un lugar seguro, un lugar donde pudiera gritar y llorar sin que Alejandra o Hanna me juzgaran. Arranqué mi moto. ¡Sííí, no tenía de otra! ¡Voy a mi casa! ¡Al nido de víboras! ¡Pero con mi armadura de seda y mi actitud de desquiciada! + El viaje fue largo. Una hora de manejo por la ciudad, con el viento golpeándome el rostro. Una hora para repasar mentalmente la frase de Francesco: "Lo siento, Bella. Es importante para mantener el trato." La rabia se mezcló con una punzada de ternura. Lo hacía por mí. Pero eso no lo hacía menos cobarde. Llegué. ¡Sííí, llegué! Estacioné la moto en mi lugar de siempre. En el porche, la casa parecía normal, tranquila, ajena a las guerras emocionales que

