En eso le desabrocho y bajo la bragueta. Sí, con una calma espeluznante para alguien agazapada bajo una mesa. Luego, mi mano se deslizó, tocando su dura anatomía, masajeándolo con una intención clara, hasta que lo saqué de su escondite. Su pene me reconoce, claro que siii... Ya somos amigos y buenos amantes. Se sobresaltó. —¡Mierda! —gritó, pero lo ahogó inmediatamente. Al mismo tiempo, escucho los gritos de Alejandra. —¡Francesco! ¡No me trates así! ¡Eres un idiota! Francesco no estaba concentrado en el pleito, sino en el incendio que yo acababa de provocar bajo su mesa de comedor. Saqué a la bestia, enorme, dura y gruesa. Claro que ya estaba extremadamente despierta, gracias a la noche de locura y la tensión del momento. En eso que estoy arrodillada, me inclino y me acerco. Mi b

