—¡¿Cómo lo detengo?! —replico, más a mí misma que a ella—. No sé… Ella se parte de risa, esa risa que es puro descaro, y me da una palmada en el muslo. —Nena, aprovecha eso y tus encantos —dice en tono de broma cruel—. Te lo digo en serio: saca provecho. Sé una perra, si hace falta. Si él te quiere dar techo, que te lo dé. Mañana hablamos de la moral. Hoy comes y duermes bajo techo. ¿Entiendes? Me quedo mirándola sin creer que lo dijo en serio. En mi cabeza giro la escena mil veces: usar mis “encantos” como moneda de cambio me suena a humillación, a capítulo de novela barata. Pero la voz de la necesidad es más fuerte: factura de la luz en la mesa, la mirada de mamá que se volvió un cálculo. Respiro profundo. —Hermana… —me escucho decir—. ¿Y si le pido refugio como amiga? Sin nada rar

