—Profesor; usted es mi profesor ¿Cierto? Y yo soy su alumno —respondió Elián, su semblante aún serio, cerró la puerta detrás de él, y un silencio invadio aquella habitación. Máximiliano, observaba la puerta por algunos minutos los rayos del sol iluminando su torso suelta la tensión de sus codos y se tumba de nueva cuenta sobre la cama, sonríe por un segundo, sin pensarlo había puesto una daga en su cuello, una daga que Elián clavaba sin compasión, a pesar de que Máximiliano era un hombre poderoso, inteligente, millonario y cultivado. Un joven, lo había envuelto en un dulce sueño lleno de esperanzas y de pretensiones románticas y ese mismo hombre hermoso, lo despertaba de ese sueño que había comenzado la noche anterior, o incluso un poco antes. Después de un par de horas Maximiliano se l

