Las mujeres acupadas en su enérgico ir y venir cargadas, algunas, con sus cucharones y cuchillas, otras, con infinidad de alimentos prestos a ser usados en los nuevos platillos que se servirían aquella noche, producían un caos demencial en las viejas cocinas del restaurante de Aurora en el que se había convertido la vieja casona de la esquina. El ruido de las cacerolas y sartenes llenaban el aire, junto con el exquisito olor a carnes condimentadas en sus salsas y otros tantos platillos que atormentaba la pequeña naricita de Joshua.
El niño, observaba todo aquel espectáculo en completo silencio, asombrado de ver tanta comida junta en un solo lugar. Todavía, aferrado a la mano de Francesca, como si fuera la mano de su madre, se relamía deseoso por probar, aunque solo fueran las migajas del platillo más simple que tenía justo delante de sus ojitos llenos de ilusión.
—¿Eh?¿Laurent?¡Ese mocoso no ha pasado por aquí en todo el día señorita!— exclamó María, la vieja cocinera, en lo que se afanaba en el cortar con destreza sabía unos vegetales— ¡Ya me parecía a mí que todo esto era algo raro! Digo yo, nada más. Usted cocinar, no sabe y dudo mucho que ese mocoso, que ahora tiene en su casa como guardia privada, sepa cocinar algo más que no sea un simple caldo de verduras y carnes.
«... Eh... De hecho... Sé hacer más que solo un caldo. De niño trabajé en una pastelería como ayudante de cocina...»
Pensó Jonás en el mismo momento en el que rodaba los ojos como única manera de demostrar su desacuerdo. Pues, aunque no era mucho lo que supiera hacer en realidad y que ya conocía el ácido sentido del humor de esa vieja matrona italiana, ese comentario le había dolido un poco. Por eso mismo, pese a sentir cierta inclinación al decírselo a la cara, prefirió morderse la lengua y guardar silencio, haciendo de cuentas que no se enteraba de nada en absoluto.
—¡Ay!¡Donna María, usted es incorregible! — replicó, sin embargo, la señorita Francesca, con aire de resignación —¿Cuántas veces la ha reprendido la señorita Aurora, por hablar así? Sabe bien que no es para nada cortés que juzgue a otros de esa manera. Pero, sea. Yo no diré nada del asunto... me preocupa más ese chiquillo que últimamente está actuando extraño. Así que, le agradezco por hacérmelo saber. Por cierto ¿De casualidad se encuentran aquí, Mateo y Aurora? Necesitamos hablar con ellos, es algo muy importante.
Durante el camino, Jonás había aprovechado la situación y hablado con Francesca al respecto de sus observaciones sobre los túneles de aquella pensión. Ambos habían acordado hablar con Mateo, quien, dado a su obsesión de conocer absolutamente todo lo que pudiera serle útil para el estilo de novela que lo estuviera obsesionando en el momento, más que seguro sabía algo sobre aquello. O, al menos, sabría por dónde empezar.
«También deberíamos hablar con Aurora, ella puede ayudar a Joshua, mejor que yo... En lo que avisamos al Capitán Bouvier.»
Insistía Jonás, mirando de reojo al niño que no se desprendía de Francesca, aunque, de eso, nada había dicho delante de Joshua. Pues, sabía que, para ese pobre pequeño, la idea de llegar a tener algún tipo de trato con alguien de la guardia militar de la ciudad, no iba a ser muy bien recibida. De modo que eso prefería hablarlo a solas con Mateo o Aurora. Aunque, también pensó en Sor Ester, a quien le había contado sobre ese niño.
« Ella me dijo que, si él no quería saber nada con Bouvier, que le avise a ella, que en el orfanato del convento siempre hay espacio para un niño más. Pero...»
Recordó con cuanta amabilidad lo había dicho. Sabía que ella era una mujer muy bien intencionada, sin embargo, había algo en ambas opciones que lo hacían desconfiar un poco. A decir verdad, Jonás no estaba seguro del motivo real de su desconfianza, pero, no creía para nada que, ese mocoso fuera a sentirse cómodo en lugares como aquel. Aunque, en amén a la verdad, Jonás, no estaba seguro de nada en absoluto al respecto de cómo ayudar a Joshua.
«¡Ash!¡Seré un j0dido imbécil! ¡Menuda me he liado! ¡Seré imbécil! ¿Por qué tuve que insistir en esto? ¡Si ni siquiera yo sé cómo m13rda voy a estar yo aquí!»
Muy a su desgracia, Jonás debía reconocer lo inestable de su propia situación. Si ni siquiera sabía qué haría realmente en la vida de Francesco, mucho menos podría dilucidar a ciencia cierta qué haría con el pequeño mocoso que se había echado a los hombros en ese arrebato de impulsiva generosidad.
Suspiró resignado, viendo como una de las ayudantes de cocina le echaba una mirada solapada al pasar por su lado en dirección a donde fuera se encontrase el muy condenado del señor Legrand o Lombardo ¡Tanto más daba! A Jonás simplemente le preocupaba toda aquella situación.
«Mateo es un j0dido imbécil... Pero de esos imbéciles inteligentes. Siempre sabe cómo solucionar las cosas, no como yo que, con suerte, entiendo lo que pienso en este momento... Y eso si no me voy por las ramas... Quizás, si se lo comento todo, antes de hablar con Bouvier o con Sor Ester... Él puede que sepa qué puedo hacer yo... Aunque, también me gustaría hablar con Sor Ester, ella también da muy buenos consejos.»
Por muy curioso que resultaba para él, quien jamás había sentido aprecio alguno a nada ni nadie que tuviera que ver con ese tal "Dios" , durante el tiempo que hubo estado trás las rejas, aquella vieja monja se había ganado su respeto y adquirido cierta confianza de su parte. Siempre con esa afable sonrisa que invitaba a la confidencialidad, sus consejos sinceros y atenciones cariñosas tales que, a menudo, Jonás se encontraba preguntándose si, por casualidad, sentir aquellas apreciaciones no sería el equivalente a sentir el amor de una madre en la vida adulta.
Quizás fuera la vulnerabilidad que sentía por el recuerdo de la suya, como tal vez solo era por el hecho de que, aunque sabía que era así, todavía, seguía sintiendo que estaba solo y a la deriva. Fuera como fuera el caso, no se pensaba negar que, hablar con esa santa mujer, tendría sus beneficios.
—La señorita Aurora se encuentra en su casa, cuidando de la pequeña Gabrielle, que se encuentra enferma, de modo que pide disculpas por no poder recibirlos... Sin embargo, el señor Legrand los invita a servirse de lo que deseen y a comer aquí, en las cocinas, en lo que llega para hablar con usted, señorita Francesco.— explicó una joven criada que no dejaba de observar con desconfianza a ese niño que no se apartaba de la señorita Francesco, para luego agregar en lo que observaba con otros ojos a Jonás — O, si usted lo prefiere, puede acompañarme y con gusto lo guiaré a la oficina del Señor Legrand, él desea hablar especialmente con usted, Señor Exupéry.
«¿Señor quién?¿Por qué ese trato tan... Extraño?¿Amable?»
Pensó con incomoda sorpresa, Jonás, sin saber que responder a eso. A decir verdad, nunca se había atrevido a esperar que alguien de la servidumbre lo llamara por el título de "Señor" y menos aun que esto hubiese sido dicho con la intención de demostrar cierto respeto y distinción en el trato. Se preguntó si, quizás, todo eso no fuera obra del condenado Señor Legrand y si, tal vez, este no se estuviera riendo a su costa por eso.
Fuera como fuera, rehusó la invitación de manera apresurada, en amén a la verdad, sentía cierto recelo a alejarse demasiado de Francesco y el niño. Quienes, dicho sea, en ese momento se encontraban muy interesados en elegir los platillos que comerían aquella noche. Aunque, mirando mejor la situación, más bien pareciera que el único interesado en realidad, era Francesco, quien parecía estar haciendo un esfuerzo desmesurado por adivinar con exactitud cuál platillo elegir para su pequeño y tímido nuevo amigo.
Al ver el esmero que ponía en insistirle a Joshua para que rompiera con la timidez y eligiera lo que le apetecía, no pudo evitar sentir cierta culpa por haber dicho de forma tan directa como era la vida de un niño como él. A veces, le costaba recordar que eso no era algo normal en la vida de todos. Solo era normal, para las personas como él, que habían nacido y crecido en la marginalidad de la extrema pobreza de París.
«¡Vaya! A veces me olvido de lo sensible que puede llegar a ser Francesco... o Francesca ¿Qué va? No entiendo nada de eso, pero... Se nota que, tiene corazón de mujer para estas cosas... Aunque no lo sea realmente. Creo que, haberlo sido... quizás, hubiese llegado a ser una buena madre. Ah... Creo que sí, tiene razón cuando me dijo aquel día que Dios le da pan al que no tiene dientes...»
Se dijo, percibiendo cierto sabor amargo por su situación. Sabía, por boca del mismo Francesco, que, de haber podido elegir, habría nacido mujer para poder vivir el estilo de vida que realmente deseaba. Sabía que no era solo por el aspecto femenino, que ya de por sí tenía, que Francesco prefería vestirse así y llamarse Francesca, sino que, además, él deseaba ser mujer, amar y sentir como una y , por sobre todas las cosas, vivir las mismas experiencias que una mujer de verdad.
Jonás eligió al azar algunos de esos platillos, fingiendo estar realmente interesado espeficamente en estos, a sabiendas que eso haría que el niño rompiera con la timidez y se decidiera de una buena vez. Pero, su mente volátil, no pudo evitar alejarse, como siempre lo hacía, y recordar aquel día en el que Francesco le había confesado sobre su "perverso pecado".
«Fue cuando le pregunté porqué un borracho podría confundirlo con una z0rra. Pues creía que era algo obvio que eso pasaría si iba vestido de hombre... De haber sabido todo el llanto que iba a causar con esa broma, me hubiese quedado callado... O, habría elegido mejor las palabras... Creo...»
Había sido una pequeña e inocente broma, dicha en un momento de pura confianza, cuando no hacía ni un mes y medio que se conocían y nadie sabía de ese pequeño secreto. Pero, esa broma le había costado mucho de su paciencia, pues, cuando apenas Francesco lo había escuchado hablar con tanta y cruel indiferencia.
Sin poder evitarlo, su mente, evocó la patética imagen de un hombre, de cabellera rubia y ojos azul cielo inundados de lágrimas Sonrió irónico, para sí mismo al pensar con tanta nitidez en ese momento.