—...Conozco como es el juego, niño y sé que no estás hablando en serio... —replicó Jonás con toda tranquilidad, a la vez que lo tomaba por el mentón para intentar que lo mirase a la cara, pero el mocoso se resistía a hacerlo. — Oye ¿Cómo quieres que te crea? Si ni siquiera te dignas a mirarme a la cara ¿Cómo esperas que te crea que no nos volverás a molestar? Si ni siquiera sé tu nombre, niño... ¿Cómo te llamas? ¿Eh? Responde y te prometo que te recompensaré por eso.
El niño lo observó con desconfianza a través del rabillo del ojo. Quizás, quería creer que ese hombre podría ayudarlo. O simplemente estaba sopesando la manera de librarse de él. Cualquiera de esas dos posibilidades resultaban válidas para que el mocoso abriera la boca. Jonás, lo vio suspirar con resignación y amohinar los labios en lo que volteaba la cara para verlo a través de sus desordenados y sucios rizos rojos.
—¿Si te lo digo me dejarás ir, verdad?— preguntó en un hilillo de voz, fingiendo estar asustado, tanto así que parecía a punto de llorar.
«¡Vaya! Hay que reconocer que es bueno en su trabajo... Casi puedo creerle... Lastima que también me conozco ese truco.»
Se dijo Jonás, sin dejar de sentir cierto malestar por la situación. A los niños como él, le enseñaban a mentir y engañar a sus víctimas para que estas bajaran la guardia y pudieran ser asaltadas con más facilidad. Sabia que el niño intentaría utilizar esos trucos, los mismos que él había utilizado de niño para escapar de ese tipo de situaciones.
—¡Oh, Jonás!¡Déjalo, por favor!¿No ves qué lo estás asustando?— musitó Francesca con la mano en el pecho, sintiendo como el alma se le estrujaba al ver esa escena.
Al verlo tan indefenso, resultaba evidente que personas bien intencionadas como ella intentarían intervenir para poder terminar con todo el asunto. Pues ellos no sabían cómo funcionaba ese juego. Jonás sintió como ella ponía la mano en su hombro para instarlo a dejar de insistir en esas cosas. Cosas que ella no entendía. Él, negó con la cabeza, para luego agregar volviendo su atención al niño que tenía en frente.
— No lo sé... ¿Qué tan convincente puedes llegar a ser?— respondió con una sonrisa, intentando suavizar sus palabras, aunque también era una sonrisa provocada por el nerviosismo que le producía la situación.— ¡Vamos, niño! Solo responde, no es como si te fuera a ocurrir algo malo por eso ¡Es más! Quizás, te ganes un buen premio por hacer eso ¿Eh, qué dices?¿Te apetece una buena cena con la que llenarte la barriga?
Resultaba demasiado obvio para quien fuera testigo de aquella situación que, Jonás, estaba poniendo un gran esfuerzo de su parte para convencer al pequeño mocoso de colaborar. Un gran esfuerzo que hasta a él mismo le llamaba la atención.
Durante muchos años, Jonás, había estado seguro de que, ese tipo de cosas, no lo afectaban. A fin de cuentas ¿Cómo podría afectar algo a lo que estaba acostumbrado a ver? Algo, por lo que él mismo había pasado. Sin embargo, en ese momento, se daba cuenta de cuán equivocado estuvo al asumir indiferencia ante esos asuntos.
No, por algún motivo que no se pararía a indagar, ya no podía ver esa situación con la indiferencia de antes. Al contrario, de solo pensarlo, le frustraba ver el daño que habían hecho en ese mocoso. Fuera o no ese mismo mocoso que el capitán Lawrence Bouvier, estuvo buscando por tanto tiempo, eso ya no importaba realmente. Jonás, solo quería ayudarlo, no sabía porqué, pero era eso lo que tenía en mente y eso era lo que haría.
Vio como el niño resopló cansino, como si ya se estuviera dando cuenta de que no lo dejaría en paz. El pequeño desvió la mirada en una expresión enfurruñada, para luego volver a mirarlo a él con un mohín de disgusto en los labios. A Jonás no le cupo dudas de que ese mocoso sería un verdadero dolor de cabeza para el jefe que lo comandaba ¡A leguas se le veía lo rebelde y orgulloso que podía llegar a ser ese niño!
«¡Diablos! Ya comienza a agradarme este mozalbete insignificante. Ojalá, pueda hacer algo por él...»
Pensó sin poder evitar que sus labios traicioneros dibujaran una media sonrisa. Pero, eso solo fue un instante tan pequeño que nunca se llegó a enterar si el niño se había dado cuenta de ese pequeño gesto facial. Lo vio encogerse de hombros, como si quisiera disimular su incomodidad para luego tomar aire y hablar de manera altiva y orgullosa.
— Mi nombre es Joshua Dupont y soy el hijo de Rebecca Dupont ...—escucharon con claridad como el pequeño admitía su nombre con la cabeza bien en alto y los ojos entornados demostrando ese mismo orgullo que solo poseían los que no tenían posesión material alguna.—¿Quién quiere saberlo?¿Y por qué?
«¡Oh, j0der !¡Pero si es él! ¡Es el mismo mocoso que busca el Capitán! ¡J0der! ¡Si hasta recuerda perfectamente su nombre y el de su madre! ¡Y todavía lo dice exactamente igual a como se lo enseñé yo! ¿Se acordará de mí?»
Reconoció Jonás, sintiéndose victorioso por aquel pequeño pero importante hallazgo. Joshua Dupont, era el mocoso que tanto había ayudado a buscar, desde su lugar en la celda, a lo largo de esos cinco años. Él había tenido algo parecido a una amistad con la madre de ese niño, de modo que, él había sido quien le había enseñado a responder de esa manera tan orgullosa. Volvió a sonreír, esta vez sin importarle que Joshua lo notara.
— Jonás Exupéry, fui un amigo de Rebecca, tu madre. — respondió con el mismo tono duro y altivo, para luego agregar con una actitud más cálida y amable — ¿Me recuerdas, mocoso? Yo fui quien te enseñó a responder así... No, creo que no me recuerdas. Eras muy pequeño cuando yo iba a visitarlos a tu madre y a ti...
Al oírlo Joshua abrió los ojos y por un momento, muy pequeño, se pudo ver en esos ojitos de olivos un brillo similar al que tendría cualquier niñito como él, al volver a ver a un tío muy querido. Pero, eso solo fue un breve instante, pues Joshua también tenía sus dudas ¿Qué tal si ese hombre solo estaba buscando engañarlo? ¿Qué tal si era todo mentira y resultaba ser que, ese hombre no fuera realmente quien decía ser? A fin de cuentas, ese tal Jonás, había desaparecido hacia cinco años atrás, junto con su mamá.
—Puede que sí, como puede que no te recuerde... O como puede ser que no me interese siquiera responder a eso... ¿Qué más da?— respondió esquivo, insistiendo en su desconfiada actitud para luego agregar en lo que se encogía de hombros — A fin de cuentas, tú no me has respondido el porqué querías saber mi nombre... Creo yo que, si fueras ese tal Jonás del que hablas y me hubieras enseñado aquello, sabrías que lo principal es responder primero las preguntas que se te hacen antes de hacer más... O ¿Me equivoco?
Si alguien se hubiera atrevido a pedirle Jonás que describiera en una sola palabra lo poco que había logrado enseñarle a ese mocoso, esta, sin dudarlo sería: Carácter. Y, si le permitían agregar el motivo de eso, la respuesta sería: para que nadie se atreva a pisotearlo por ser quien es.
Y era justo eso lo que demostraba Joshua en cada palabra y en cada gesto que empleaba al hablar. Al escuchar esa respuesta tan orgullosa y altanera, Jonás, no podía sentir otra cosa que orgullo de sí mismo, por lo poco que había conseguido en ese pequeño niño. Rio entre dientes a la vez que le revolvía la desordenada melena.
—¡Ah!¡J0der!¡vaya que te he enseñado bien, mocoso altanero!— exclamó poniéndose en pie para luego agregar en lo que ponía su mano en el hombro del niño — Tienes razón... Simplemente quería saberlo, tenía mis dudas de que al fin te hubiese encontrado. Porque da la casualidad que le prometí a tu madre que haría todo lo posible para ayudarte, si te veía en una situación como esta. No lo hice antes, porque... Bueno, creo que eso no importa ahora... Digamos que, antes no estaba en la posibilidad de hacerlo, pero, ahora sí la tengo...
Al decir aquello, Jonás, cayó en la cuenta de que algo se le estaba olvidando y que, quizás, eso fuera un "algo" muy importante. Como si Francesca se hubiese dado cuenta de eso, carraspeó, llamándole la atención. Jonás volteó a verla, un tanto avergonzado por aquel pequeño desliz.
«Ya, hasta parece mi esposa reprendiendome por llegar tarde a casa...»
Tuvo que reconocer con gran ironía, al verla con los brazos en jarra y el ceño fruncido en una mueca de disgusto. También, tuvo que reconocer que se enojada o no, se veía hermosa. Eso y que tendría que ver cómo ayudar a ese niño. Pues, no era cosa de pasar por encima de Francesca, así como así. Por mucho que no le gustase la situación, debía admitir que, mientras él no tuviera dinero, sería ella la que mandase allí.
«A todo esto, no le he preguntado sobre el pago a Mateo... ¿O quizás debería preguntarle a ella? A fin de cuentas, fue idea de Francesca que yo la cuidara ¿O no?»
Divagó en su mente, como solía hacer cuando no sabía qué hacer en específico de la situación actual. Por un lado, quería ayudar lo antes posible a ese niño. Pero, por otro lado, era plenamente consiente que, primero y principal, debería haber sido menos impulsivo y consultado con ella primero.
Además que, si lo pensaba mejor, no era cierto para nada que él estuviera en una buena posición para poder hacer algo por Joshua. Al contrario, con suerte podía decir que tenía un techo sobre su cabeza en donde pasar la noche y esto, si obviaba el asunto del acosador que seguía a Francesco. Sin mencionar también que ese tal Francesco, era justamente aquella dama tan hermosa que lo acompañaba en ese momento.
Con timidez, miró a la bella dama que lo acompañaba, procurando con gran esfuerzo que entendiera lo que quería hacer y le dejara pasar aquella deliberada impulsividad. Aunque, en realidad él acataría cualquier decisión que Francesca llegase a tomar en ese momento, como si quisiera convencerla, sus labios se forzaron a sonreír abiertamente. Cosa que solo provocó en ella un tenue suspiro de resignación.
—¿Tienes hambre, Joshua? Justamente, nos estábamos dirigiendo a la casa de comidas de unos amigos para cenar — le preguntó Francesca a la vez que se acercaba al niño esbozando una apasible sonrisa mansa.
Verla de esa forma tan cálida y amable, daba en ambos espectadores la impresión de estar observando a un delicado ángel que acabase de bajar del cielo. Fue Joshua quien respondió, esta vez, como si se hubiese olvidado milagrosamente de todo aquel recelo.
—¿Uh?¿Y esos amigos tuyos me dejarán pasar así?— señaló con dulce voz infantil a la vez que extendía los brazos para mostrar mejor a lo que se refería.—¿Está usted segura, señorita, que no habrá problemas con eso?
—¡Oh! Pues claro que no. Estoy más que segura que esos amigos míos estarán encontrados de que vengas con nosotros...— respondió Francesca, extendiendo la mano en la dirección del niño —¿Vienes, entonces, Joshua?
Con una alegre sonrisa, el niño aceptó la invitación, como mucha más rapidez de la que había aceptado decir su nombre a Jonás. Sorprendido por ese detalle, el joven delincuente vio como ellos se le adelantaban entre conversaciones amenas y risas amistosas. Jonás, suspiró resignado y se encogió de hombros con liviandad para luego seguirlos muy de cerca y en silencio.