—Kansas Saltzman, estoy tan decepcionada de ti. Mi madre se pasea frente a mí tal leona rugiente a punto de destrozar a su presa. Lleva ambas manos hasta su larga cabellera oscura y suspira con lentitud. —¡Dios! ¿Qué diablos ha cambiado en ti? —se detiene frente a mí y me observa con notorio dolor—, primero el asunto de Miguel —su voz tiembla al hablar, a la vez de que desvía la mirada—, lo de… —¿Qué? —pregunto al fruncir el ceño—, ¡dilo, mamá! ¡di que estuve a punto de quitarme la vida por un arrebato de tristeza y que ahora me he comportado como una cavernícola al romperle la nariz a una chica que no hacía otra cosa más que escupir veneno en mi dirección! Cruzo los brazos a la altura de mi pecho, a la vez de que me dedico a mirarla con frialdad. Aquella niña buena, por este instante

