KICKBACK
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Libro 2:
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Años después...
A pesar del aire acondicionado sus cuerpos estaban sudando. Mientras se movían en sincronización las embestidas de Rowdy machacaba el sexo de Arlene. Que la condenaran si no lo estaba disfrutando.
—¡Oh Dios Row! —exclamó ella con voz entrecortada.
Cada vez que Arlene tenía a Rowdy en su interior, era como si se formara un eslabón a la cadena invisible que la tenía amarrada a él. Había cumplido su promesa aquel día, cuando cumplió veintiún años. Fue una noche mágica en la cual su cuerpo fue poseído, y dominado. Le entregó además de su inocencia... su alma. Hasta el momento ambos estaban conformes con eso.
Cinco años habían pasado desde entonces. Muchas noches de sexo salvaje, y descontrolado. Pero cada encuentro era siempre diferente al último. Los gruñidos de satisfacción masculina, y los gemidos de placer femenino hacían eco en la habitación.
Arlene no entendía, porque en ese momento tenía un nudo en la garganta. Formado por las lágrimas que estaba conteniendo, de las cuales no sabía el por qué. Ambos estaban cerca de alcanzar el orgasmo, que tanto necesitaban. Sentía como la virilidad de Rowdy se engrosaba, y se ponía cada vez más duro en su interior. Mientras ella sentía placer-dolor como si fuera una caricia, que crecía en olas en su vientre.
—Row… —Arlene susurró.
—Lo sé, nena.. Lo sé.... —Él siempre sabía, lo que ella quería o necesitaba.
Se detuvo por fracciones de segundo, y de la boca de Arlene salió un jadeo de reproche. La conocía muy bien, por eso unió sus piernas con una de sus manos. Para ponerlas sobre su hombro, y le giró un poco las caderas, quedando de lado. En esa posición sus embestidas de esa forma eran más precisas, y profundas.
—¡Esto no es suficiente, Row! —exclamó Arlene con las emociones a flor de piel— ¡Haz algo, joder! —exigió moviendo la cabeza de un lado a otro con desesperación, y arañando sus antebrazos. Completamente en la agonía por la necesidad de llegar al clímax.
Rowdy nunca antes había conocido la cumbre del placer, hasta aquella noche que su bruja se entregó a él. Desde entonces no había tenido ojos para otra mujer. Arlene lo tenía hipnotizado con aquellos ojos verdes esmeraldas, y con aquel cuerpo con las curvas que una mujer debía tener. En la cama cumplía con sus necesidades, aceptaba todo lo que él tenía para darle de buena gana. Porque a pesar de comportarse de manera sumisa, era exigente a la hora de recibir placer.
Redujo la velocidad de sus penetraciones, su intención era doblegar su voluntad completamente en ese instante. Únicamente, porque quería algo de ella. Su total rendición aceptando ser ante la ley de Dios, y ante la de los hombres su mujer.
Había huido de él hace dos años atrás, con una excusa tan absurda, como a veces sus discusiones por el color para ponerse en las uñas. Según ella los hombres irlandeses eran pasionales, pero los Byrne eran asfixiantes.
La muy astuta convenció a su primo para poner un café lounge en otro estado. Exactamente a siete horas de donde ellos vivían, exigiendo con toda propiedad algo de espacio libre de tanta testosterona. Pero su ilusión duró muy poco, ya que unos pocos kilómetros no eran impedimento para él.
Rowdy cuando quería se aparecía sin aviso en su apartamento, la sometía a horas de dulces besos, y delicadas caricias. Hasta que ella le suplicaba más, y él solo le respondía que los estaba torturando por nada. Ya que él le negaba lo que anhelaba. Arlene se ponía furiosa, y él se marchaba. Dejándola jadeante, caliente, húmeda y completamente necesitada.
Durante ese tiempo, ella conoció a Jessica, quien había tenido días muy oscuros, al lado de un hombre maltratador y despiadado que había abusado de ella durante siete años. Sin embargo; al igual que a Rowdy, la familia Byrne la había acogido.
Con el tiempo Jessica se convirtió en la esposa del jefe de la familia, Ryan. Gracias a eso ella había vuelto a casa, y eso significaba que debía aprovechar la oportunidad de que de una vez por todas para ponerle el jodido anillo en el dedo, y gritar a los cuatro vientos que por fin era suya.
—¿Qué quieres que haga? —preguntó él con los dientes apretados.
—Row…por favor… no me hagas suplicarte ¡Maldito arrogante! —le dio un manotazo en uno de sus musculosos brazos.
—Entonces…contesta mi petición. Solo tienes que darme una jodida respuesta —la embistió fuertemente.
—¡Oh., no!
—¿No qué, Arlene? —le presionó.
—Yo… yo no quiero casarme aún —contestó ella con las palabras entrecortadas.
—¿Estás segura? —Rowdy al tiempo que formulaba la pregunta, giró en círculos sus caderas mientras la penetraba profundamente.
—¡Sí! Estoy segura de eso. No quiero… no quiero casarme todavía.
Rowdy se detuvo en seco. Gotitas de sudor resbalan por su frente, resbalando por sus mejillas, y bajando por su amplio pecho decorado en tinta de colores. Su mirada azul hielo se cruzó con la de ella.
—¿Aún no estás segura de lo que sientes por mi? —le soltó incrédulo, un músculo palpitó en su mandíbula— ¿No me amas?
—¡Claro que lo estoy! ¿Por qué me preguntas en este momento una cosa como esa? —Arlene habló de manera entrecortada, la lujuria estaba haciendo estragos en ella.
—Soy poca cosa para la princesa Byrne, es eso, ¿verdad? —habló con los dientes apretados.
—¡Jamás he dicho eso! Eres todo para mí, Row… Todo, nunca pienses lo contrario.
Fue entonces, cuando él comenzó a penetrarla lentamente. Un gemido lleno de placer y sensualidad brotó de los labios femeninos.
—Cásate. Conmigo. De. Una. Maldita. Vez.
Cada palabra fue acompañada de un movimiento de caderas masculinas largo y profundo que hacía que el vientre de Arlene se contrajera, y que su cuerpo se estremeciera de placer.
—¡Te juro que lo pensaré! —chilló ella.
Rowdy se detuvo de nuevo.
—Te daré tres días, ¿entendido? Solo tres días, pequeña bruja charlatana. Si no… Esto se acaba… estoy harto de que seas mi mujer, y desearte de lejos. Te quiero en mi cama de una maldita vez.
Fueron las últimas palabras de Rowdy, antes de comenzar a bombear más fuerte, más rápido, más profundo dentro del sexo de Arlene. Quien, por su parte solo podía aferrar las uñas a la piel de su compañero, para mantenerse en el sitio. Diciendo su nombre de manera entrecortada. Mientras recibía con gusto cada una de sus estocadas.
—Row… no puedo… más. ¡Ayúdame!
—¿Quieres correrte? —hizo la pregunta, pero ya él conocía la respuesta.
La sentía apretarse alrededor de su eje, como un puño. Así como tenía los testículos a punto de reventar, señal de que también estaba cerca de llegar al clímax.
—Ne-ce-si-to —mil sensaciones la recorrían en ese momento.
Rowdy le abrió las piernas, y la levantó un poco sujetándola por los muslos, y sin ninguna piedad se hundió una y otra vez en ella. Con movimientos erráticos, que para ambos en ese momento eran perfectos. Inclinó un poco su gran cuerpo para alcanzar uno de sus pezones y llevarlo a la boca; luego de mordisquear y lamer, busco unir los labios con los suyos.
—Ya no puedo esperar más —susurró Rowdy con voz baja y gutural.
No pasó mucho tiempo, cuando ambos llegaron al orgasmo. Chorros calientes de semen inundando el vientre de Arlene, poseyendo, dominando, marcándola una vez más, de una manera primitiva.
Ella no pudo entender cómo en ese momento sintió una opresión en su pecho, y lágrimas brotaron de sus ojos, sin poder contenerlas más. No quería que Rowdy se diera cuenta de que estaba llorando; por eso se incorporó un poco, para abrazarlo todo lo que la posición incómoda le permitía y hundir su rostro en el hueco de su cuello. De esa forma, entrelazos sus cuerpos encontraron la calma. Hasta que sus corazones y respiraciones volvieron a la normalidad.
Fracciones de minutos después de manera sutil Rowdy salió de su cuerpo. La miró y frunció el ceño.
—¿Estás bien? —quiso saber.
—¡Eres un maldito arrogante! —Fue la respuesta que ella le dio, y después golpeó su hombro.
—¿Qué se supone que hice ahora? —Se encogió de hombros, y se dejó caer sobre su espalda. Hundiendo el suave colchón al lado de ella.
—Sé muy bien lo que estás haciendo, Row —ella se apoyó sobre sus codos para mirarlo— ¡Me estás presionando con sexo! Porque sabes que no me puedo resistir a ti ¡Eres un jodido irlandés! ¡Todo un encantador charlatán! —luego se levantó, para recoger su ropa y ponérsela.
—De alguna manera tengo que hacerlo, bruja. No me importa si tengo que chantajearte —la miró fríamente, luego le señaló y enmarcando un poco más su acento irlandés habló:— Ya te lo dije, estoy cansado de no tenerte por las noches, aquí en mi cama.
—Sabes que te amo, pero no quiero casarme todavía, Row —ella resopló y ladeó la cabeza antes de continuar:— Quiero conocer el mundo, antes de dar ese gran paso, contigo. Solo contigo —hizo énfasis en las últimas dos palabras.
—Siempre esa maldita excusa. Aun no entiendo porque sabes que puedes conocerlo conmigo —se quejó Rowdy.