Capítulo 1.
Kim Tae Joon
¿Existía algo peor que la traición y la muerte?
Las promesas falsas y las mentiras no iban conmigo, yo no era culpable de sus actos, no tenía motivos para hacerle creer que yo era una mala persona. Entonces ¿por qué su odio repentino hacia mí? ¿Qué le causó actuar de esa manera? ¿Es que acaso no éramos los mejores amigos?. Él me jugó muy sucio. En realidad, no comprendía nada. Mi mente hacía un esfuerzo para identificar cualquier acto negativo hacia él, y no encontraba ninguno. Reconocía que en parte no fui la mejor persona para él ni para mis padres...pero eso no justificaba sus acciones.
«¡¿Por qué Soo-bin?! ¡¿Por qué?!»
Lo repetía de manera continua en mi mente. Deseaba desde lo más interno de mis ser, tenerlo frente a mí, preguntarle la verdadera razón, el motivo por el cuál había actuado así conmigo. Por un momento pensé que se disculparía y que diría en un tono desconcertante y distraído: "Lo siento"
Pero sólo se marchó, dejándome con un gran dolor y la policía alrededor de mi hogar.
Ambos sabíamos que su padre no era un hombre de fiar. Los dos conocíamos a qué se dedicaba y a cuántas víctimas había reprendido, a cuantos inocentes hizo sufrir y a todos los que asesinó sin piedad alguna, sin importarle si tenía familia o no, si estaba a punto de emprender una mejor vida, si estaba dispuesto a cambiar. Pero Soo-bin...él tenía que ser diferente, ¿Por qué? ¿Por qué un crío de tan sólo veintidós años se atrevió a asesinar cruelmente a los padres de su mejor amigo?
Esperaba que al menos diera la cara y enfrentara sus malas acciones. Anhelaba que regresara a pedir perdón y a cumplir su condena por asesinato. Deseaba que volviera y se justificara por lo que hizo. Sin embargo, él escapó. No sin antes despedirse con una sonrisa fría y malévola. Una mirada que no olvidaré jamás, unos ojos en donde se reflejaba el odio, y un cabello grasiento y despeinado que le daban un toque lunático y aterrador.
¿Qué pensó en ese momento? ¿Por qué me dejó? ¿Por qué ahora yo era el malo? ¿Por qué ahora todos me consideraban un asesino?
Declararme culpable y aceptar una condena de treinta años de prisión era una de las opciones que el abogado dictó, de ser lo contrario, pasaría el resto de mi vida bajo un corto techo de concreto, ensanchado en cuatro paredes rasposas y atrapado en los gruesos barrotes de metal oxidados que me impedirían la libertad eternamente.
Me llevaron hacia la celda por un pasillo estrechó y sucio, estaba siendo acompañado por un oficial de piel cacariza y estatura superior a la mía. Noté lo joven que era al ver los pocos vellos de su bigote. Portaba el típico uniforme azul con pantalones negros, y en su cinturón cargaba con un arma corta, un bastón de fierro y un par de esposas. El par que ajustaban mis adoloridas muñecas pertenecían a las de su compañero.
—No te preocupes, estarás bien —murmuró mientras caminábamos. Pasamos por una hilera de celdas de ambos costados, todas parecían vacías, no entendía el por qué me llevaría hasta la última—. No tienes por qué temer.
Tal y como lo sospeché, el oficial se detuvo en la última celda del lado derecho. La luz apenas llegaba hasta acá, el ambiente era frío y a comparación de las demás, esta parecía estar más estrecha y sofocante.
El oficial rebuscó en sus bolsillos hasta sacar un juego de llaves, introdujo una de las del montón y apretó con fuerza, el candado parecía tan oxidado que le era difícil abrirlo. Apenas hizo clic cuando este saltó. Deslizó las rejas dejando una apertura a la medida de mi delgado cuerpo, no se quiso arriesgar a abrirla totalmente.
—Debo admitir que estuviste bien en tu juicio —dijo. Del montón de llaves, introdujo una sobre las esposas liberándolas de mis muñecas. Estas le agradecieron tanto, y unas ligeras marcas rojas se notaron al instante—. Fuiste pacífico y hablaste con la verdad.
—No hablé con la verdad —escupí antes de entrar a la celda—. Todo lo que dije no fueron más que calumnias.
—Sabes que nadie creerá eso —aclaró. De todos con los que había tenido contacto, él era el primero en demostrar lástima y no odio—. ¿Lo sabes? Ahora nada puedes hacer, tienes que cumplir tu condena.
—Ustedes también lo saben ¿no es así? —me atreví a responder. Mi voz estaba a punto de quebrarse así que debía escupirlo antes de llorar.
—¿A qué te refieres?
—El verdadero asesino de mis padres —le dejé en claro. Sus ojos desviaron los míos y eso me hizo dar cuenta que mis sospechas eran ciertas—. No soy yo, sino él.
—Tae Joon, será mejor que entres, mi superior no tardará en llegar y si nos ve así...
—Eres su cómplice —acusé con la voz quebrada. Las lágrimas se hicieron presentes que me nublaron la vista al instante y el labio inferior me comenzó a temblar—. ¿Lo eres?
—No —respondió con serenidad.
—¡¿Entonces por qué me hacen esto?! —solté en un llanto que ahora no podía controlar, las lágrimas salían por sí solas—. ¡Yo no asesiné a mis padres! ¡Baek Soo-bin lo hizo!
Antes de que el oficial intentara controlarme, un golpe a los barrotes de la antepenúltima celda nos hizo dar un respingo. La presencia del superior me hizo morderme las mejillas internas e intentar pasar el doloroso nudo de la garganta. El otro rascó su nuca pensando quizás alguna excusa.
—¿Qué pasa aquí, Ji Heon? ¿Por qué no está en su celda? —cuestionó con un aura de autoridad. Se posó frente a su compañero y levantó la barbilla—. Te he dado una sola tarea, ¿quieres que escape? ¡Es un asesino! ¡No puedes tomártelo tan a la ligera!
—Sí, señor —respondió cabizbajo, como si se tratara de un cachorro regañado por su dueño.
El superior me hizo girar de una sola intención y me introdujo obligatoriamente a la celda. El espacio estrecho hizo que mi hombro se estampara contra los barrotes provocándome un leve dolor. Apenas escuché el candado cerrarse, me devolví hacia ellos para aferrar mis manos a los barrotes y suplicar piedad con la mirada. Él inclinó su cabeza hacia la izquierda tratando de comprender, mientras que Ji Heon se notaba tan nervioso que no fue capaz de mirarme.
—Por favor, Ji Heon, dile la verdad —supliqué—, dile que tú sabes quién es el verdadero asesino, tienes derecho a hablar con la verdad. ¡Estás a tiempo!
—¡Silencio! —espetó su superior dando un fuerte golpe con su tubo de fierro a los nudillos de mis manos, lo cual me hizo retroceder dos pasos. Acaricié mis nudillos para tratar de alejar el dolor—. ¿No te da vergüenza mal influenciar a un inocente? Todos sabemos quién eres tú en realidad —pegó su rostro a los barrotes—, un asesino.
—¡Yo no soy un asesino! —reté con valentía. Tenía la intención de gritar a los cuatro vientos si era necesario—. ¡Ustedes están de su lado!
El oficial rio como si lo que acababa de decir fuera un chiste de mal gusto para sus oídos. Ji Heon se rehusó a mirarme, pero al menos reconocía en sus ojos que creía en mis palabras.
—Lo que digas —aludió sin tomarle importancia al asunto—. Mañana comenzarás con tus tareas del día, será mejor que te prepares mentalmente.
—Haré lo que sea para salir de aquí —amenacé con rencor—. Ya así sea treinta años después, y cuando eso pase, entonces podrás llamarme como lo haces ahora.
—No es bueno amenazar a un oficial y menos en tus condiciones —aclaró.
—Lo juro —terminé de decir ignorando sus palabras. Eso pareció molestarle un poco, pues noté lo tensa de su mandíbula.
—Descansa, Tae Joon —se despidió esbozando una sonrisa victoriosa con un toque de maldad—. Si es que puedes.
—¡Ji Heon! —lo llamé pero fui ignorado—. ¡Soy inocente! ¡Yo no asesiné a nadie!
Caí de rodillas deslizando mis manos por los barrotes. En pocos minutos las gotas de mis lágrimas inundaron el concreto. Yo no merecía esto. El dolor de la muerte de mis padres mezclado con mi encarcelamiento me torturaba internamente. El no poder expresarme libremente y el saber que quien había sido el verdadero culpable de todo estaba merodeando las calles con tranquilidad me causaba rabia.
¡Maldita sea el día en que te considere mi amigo!
—¿Pero qué es todo este escándalo? —carraspeó una voz masculina detrás de mí.
Me levanté del suelo tan rápido como pude y limpié mis lágrimas con discreción. Al parecer, no estaba solo en esta pequeña celda. Había alguien más, pero la oscuridad del fondo no me dejaba apreciarlo totalmente. El brillo de sus ojos era lo único que se reflejaba.
—¿Quién eres? —cuestioné con cierta angustia sin dejar de aferrar mis manos a los barrotes.
—Tranquilo, esta celda es muy segura —Salió a la poca luz que emitía el pasillo y mis ojos examinaron todo su cuerpo. Era un tipo alto de complexión delgada con cicatrices en los brazos. De la camiseta sucia de tirantes que portaba, sobresalían algunos tatuajes extraños que se extendían hasta su cuello. La poca barba que tenía le daba un toque mayor y el corte de pelo semi rapado con una línea curveada que comenzaba a la altura de la mitad de su ceja y que terminaba detrás de su oreja lo hacía verse como un delincuente. Sonrió extrañamente al verme. Sus dientes eran amarillos y tenía los centrales más grandes que los demás—. ¿Tienes miedo?
—No —respondí fríamente.
Soltó una risa frustrante.
—¿Entonces tienes frío? —señaló mi cuerpo con la cabeza—. ¿O por qué estás temblando?
Me miré mis piernas. No estaba consciente de ello así que era absurdo negar algo que se notaba a simple vista.
—Quiero estar solo —aclaré. Mi pecho subía y bajaba notoriamente. La respiración no me costaba pero el miedo era producto de ello.
—Eso sí va a ser difícil —asintió y frunció el labio—. Es una celda pequeña para nosotros cuatro.
—¿Cuatro?
Él sonrió sin despegar la mirada de mí. En un chasquido de dedos, salieron otros dos de las sombras. Tenían su altura y porte. Podría decir que eran trillizos, si no fuera porque los diferenciaban las espantosas cicatrices que el primero tenía.
—Déjame presentarte a mis dos amigos —se burló y después aclaró la garganta—. Min Su —señaló al de la izquierda—. Y Min Seob —luego al de la derecha.
Los tres centraron sus miradas en mí. Un escalofrío me recorrió desde la nuca hasta la planta de los pies. Me causaba estragos verlos con el rostro lleno de sospecha y malicia.
—¿Cómo te llamas? —cuestionó.
—No te importa —respondí resguardandome el miedo.
Dio un paso al frente dejando atrás a los otros dos. Intenté retroceder pero mi espalda chocó contra los barrotes. Di un paso a la derecha para tratar de intercambiar posición en su contra y lo logré.
—Muy bien, "no te importa" —dijo rascando su barbilla con el pulgar, quizás tramando algo en mente. Mientras él daba un paso para avanzar, yo retrocedía—. ¿Sabes qué hora es?
—De madrugada tal vez —miré el suelo, luego a los lados, todo esto para estar alerta de lo que sea.
—No eres tan tonto como pareces —rio—. Pero... ¿sabes a qué hora nos tenemos que levantar?
—No.
—Exacto —asintió—. No sabes, ¿por qué no lo sabes? Porque eres nuevo. ¿Por qué eres nuevo? Porque llegaste después que nosotros. Y... ¿por qué llegaste después? Porque nosotros matamos primero.
—Yo no maté a nadie —aclaré con firmeza.
—Nadie entra a prisión por sus buenos actos —recalcó a lo que Min Su y Min Seob asintieron—. Ustedes los nuevos no hacen más que gritar que son inocentes.
—Soy inocente —insistí.
Noté la frustración en su rostro. Llevó una mano a la sien y masajeó ligeramente con los ojos cerrados. Di un paso atrás cuando él se acercó nuevamente, pero mi espalda se estrelló contra la fría pared. Era el final de la celda y cada uno de ellos me rodeó.
—No te preocupes que no te pasará nada —recitó colocando su brazo a un costado de mi cabeza—. Si te dejas, te trataremos bien.
—¿Qué? —salió como un susurro de mi boca.
Apenas tuve tiempo de alejarme cuando su puño libre golpeó con fuerza mi abdomen dejándome sin aire, llevé mis manos a la zona lesionada y aspiré tanto como pude tratando de recuperarlo todo. Luego, me tomó del cabello y estiró hacia arriba levantándome a la fuerza. Esta vez mis manos trataron de hacer que me soltara pero su agarre era demasiado fuerte que preferí dejarlo.
—Primera regla —dijo con mandato—. Aquí se responde cuando yo lo diga ¿te quedó claro?
—N-no —respondí cuando apenas pude tomar un poco de aire.
Mi respuesta no le pareció, pues estampó su puño contra mi pómulo provocándome un cosquilleo doloroso por la mitad del rostro.
—Segunda regla —continuó pegando su frente contra la mía—. Nadie me contradice.
—Hijo de puta —le susurré cerca de los labios.
Soltó una carcajada sin poder creer mis agallas. Deshizo su agarre de mi cabello, dio la media vuelta y se impulsó para golpear mi nariz. El golpe me hizo echar la cabeza hacia atrás estampando mi cráneo contra la pared. Nuevamente, el cosquilleo doloroso acompañado con unas lágrimas se hizo presente. Cubrí mi nariz con fuerza sintiendo el líquido caliente de la sangre chorrear mis manos junto con un ligero mareo.
—Tercera —advirtió—. ¡Nadie me llama hijo de puta!
Golpeó mi estómago nuevamente, esta vez, de una patada. La suela de sus gruesos zapatos me provocó las ganas de vomitar. A falta de aire, caí de rodillas contra el concreto. Alejé mis manos de la nariz para llevarlas a mi abdomen e intentar tomar aire. Las gotas de sangre caían una a una manchando el suelo.
—Son...tan...cobardes —jadeé desde el suelo. Levanté la mirada hacia él, logré llamar más su atención—. Ustedes y la policía...son unos putos cobardes.
Irguió su espalda tratando de contenerse y después se inclinó hasta mí. De cuclillas, tomó mi barbilla y la elevó.. Me percaté de lo oscuro de sus ojos.
—Tú me gustas —murmuró cerca de mi boca—. Me gusta todo de ti, lo oscuro de tus ojos temerosos, lo largo de tu cabello n***o y las bonitas ondas que se te forman, tu piel blanca y libre de imperfecciones. ¿Tienes cicatrices? —recitó mientras acariciaba mi mejilla. Sus ojos bajaron hasta mi pecho y con la yema de su dedo índice estiró mi camisa para ver por debajo de ella—. ¿Quieres tener unas cuantas?
—¡Eres un hijo de perra! —bramé para después juntar toda la saliva acumulada y escupirla en su cara.
Cerró sus ojos al instante y soltó una carcajada. Se limpió con la palma de su mano y sin dejar de sonreír se levantó.
—Agárrenlo. —Ordenó a sus colegas.
Ellos obedecieron sin problema. Min Su me tomó de los brazos y los llevó hacia atrás con fuerza mientras que el otro tomó un pedazo largo y grueso de tela de sus sábanas y lo colocó sobre mi boca haciendo un nudo bastante ajustado en mi nuca. La tela estiró tanto mis comisuras que me era imposible deletrear las palabras.
—Tienes agallas, Tae Joon —expresó para después darme la espalda. Noté dos colchones viejos con los resortes salidos extendidos en el suelo. Rebuscó entre sus delgadas sábanas algo que no pude apreciar—. Me excita que las tengas. Y aunque me gustes físicamente, tengo que hacerte sufrir.
Traté de zafarme, pero el agarre de Min Su era más fuerte que yo en estos momentos. Estaba vulnerable, mientras estuviera de rodillas contra el suelo me sería imposible luchar. Mis ojos se llenaron de terror cuando observé al primero con un encendedor y unas tijeras en mano.
—¿Te gusta el fuego? —cuestionó contemplando la llama anaranjada que emitía el objeto—. ¿No? Pues vamos a probar —tomó las tijeras y cortó mi camisa por la mitad dejando mi torso al aire libre. Se dio cuenta del miedo que tenía, pues llevó una mano sobre mi pecho, esta se elevaba y disminuía con intensidad—. No tienes marcas... ¿Qué te parecen unas cuantas?
Con una sonrisa maléfica, dejó escapar la llama y acercó el encendedor a mi abdomen.
—¡AHHHH! ¡HIJO DE PUTA! —mi grito desgarrador quedó ahogado entre el pedazo de tela que estiraba mis labios cuando sentir el dolor del fuego en mí. Pero en lugar de que lo alejara, se dispuso a dejarlo más tiempo provocándome un ardor que se extendió por todo mi cuerpo. Las lágrimas sobresalían cada vez más, mientras que ellos se reían a carcajadas.
—¿Más? —inquirió al despegar el encendedor de mi abdomen—. ¡De acuerdo!
Y aunque quisiera negar, no podía. Pasó el encendedor una y otra vez causando las quemaduras por todo mi abdomen. Quemaduras que quedarían como cicatrices por un largo tiempo.
—¿Qué tal más abajo?
Le causaba satisfacción. No estaba seguro de resistirlo. Estiró mis piernas y se deshizo de mis pantalones y de mi ropa interior al mismo tiempo. Para evitar que pateara, se montó sobre mis rodillas. Aquella sonrisa malévola me recordaba a él. Con una mano tomó mi m*****o mientras que con la otra pegó la llama del encendedor. Grité y grité hasta quedarme afónico, hasta que mi garganta no pudiera más. Hasta que mis fuerzas se hicieron nulas y hasta que el dolor comenzaba a ser parte de mí.