El día siguiente paso lento y tedioso. Estaba seguro de que Castiel volvería ir a la hora de la salida y lo menos que quería era que se encontrara con Joe y supiera que él había sido el chico contra el que me había frotado. Así que tuve que inventar mil pretextos para decirle que no me esperara, que me iba a ir antes. Lo peor de todo fue que mis suposiciones estaban en lo correcto y respiré aliviado cuando uno de los profesores llamó a Joe para hablar con él.
Observé asustado al chico que fumaba al otro lado de la acera y dudé si debía de ir a reunirme con él.
– ¿Te encuentras bien, Cal? – Una voz suave y delicada habló detrás de mi espalda y la reconocí de inmediato. Me giré para encontrarme con los enormes ojos ámbar de Axel y me tensé sin pensarlo. Miré de reojo a Castiel, pero el observaba la escena aburrido. Supuse que debía de relajarme por eso, aunque no estaba del todo convencido. Siempre había mantenido a Axel alejada de mis problemas de cuatro patas y no quería involucrarla con un psicópata maniático. Me estremecía con solo pensar que pasaría si Castiel llegara a lastimar a Axel.
– Sí. Sólo estaba pensando.
– Últimamente te has visto demasiado desanimado. – Mi corazón latió desembocado al escuchar eso. Siempre que Axel mostraba preocupación por mí, no podía evitar sentir una pequeña esperanza, la cual se desvanecía casi al instante.
– ¿Tú crees? Solamente estoy cansado. – Un movimiento captó mi atención y me di cuenta que Castiel había cambiado de posición. Había cruzado los brazos y tenía el ceño fruncido, con la barbilla un poco levantada y una mirada desafiante. Reprimí las ganas de tomar a Axel de la mano y salir vivos de ese lugar, pero agradecí cuando la chica se despidió de mí con una sonrisa en su rostro.