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427 Palabras
Caminé nervioso hacia Castiel y limpié mis manos sudorosas en la tela de mi pantalón. No pude pasar desapercibido como los ojos del pardo siguieron a Axel hasta que hubo desaparecido de su campo visual. – Hey. – Dije con voz temblorosa, tratando de alejar el interés de Castiel hacia Axel. Él me miró con el ceño fruncido y sacó el cigarrillo de su boca – ¿Y esa? – Es una compañera de clase. – Castiel me miró no muy convencido e hice todo lo posible por poner la mejor cara de póker que era capaz de hacer. – Como sea. – Se encogió de hombros y volvió a llevarse el cigarro a la boca, le dio una larga calada y exhaló el humo en mi cara. – Súbete. – Miré la negra y enorme moto que estaba detrás de él y di un paso hacia atrás inconscientemente. Castiel levantó una ceja. – ¿Qué? – Tenía ganas de decirle que estaba loco y que jamás me subiría a esa cosa con un maniático como él, pero su mirada era sería y demandante y decidí ahorrarme otro ataque como el del día anterior. La sonrisa burlona de Castiel me tomó por sorpresa y por alguna extraña razón me sentí ofendido. – Tranquilo, chaval. No soy un psicópata para hacerte daño. – Bufé escéptico y de nuevo decidí ahorrarme los comentarios. Castiel se subió sobre la moto, deslizando una pierna sobre esta y haciendo crujir el vehículo al sentir su peso. Lo miré dubitativo, sin saber muy bien cómo subirme y sin estar realmente seguro de lo que hacía. La confianza que le tenía a Castiel era nula, pero me atemorizaba lo que podría hacerme si no le hacía caso. Lo sé, era un cobarde que solo pensaba en su propio trasero, pero ya había tenido suficientes experiencias como para querer otras más. Así que, no muy confiado, imité sus movimientos y me subí detrás de él. – No. Adelante. – No era un experto en motos, pero me daba la impresión de que era más fácil ir atrás y sujetarme del asiento, puesto que no quería tocar ni un ápice de su cuerpo; sin embargo, como siempre que me encontraba con Castiel, no tenía ni voz ni voto y no tuve más opción que hacer lo que me había dicho. Me sentía realmente incómodo y temía caerme en cualquier momento. – No te preocupes. No dejaré que te pase nada. – Era vaga y vacía, y no debía de fiarme de él, pero su promesa me hizo sentir un poquito mejor.
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