Cuando llegamos al pequeño pedestal en el que se encontraba Castiel, su sonrisa llena de felicidad y alegría me pareció ofensiva. "Por lo menos alguien lo está pasando bien" pensé con amargura. Ferenc me dejó con él, y tomé a mi futuro marido del brazo como me habían indicado que lo hiciera. La ceremonia fue algo corta. El padre, que también era un metamorfo, dijo un sermón muy aburrido al que no le presté atención. Cada uno dijo sus votos y bebimos de una copa con un líquido de sabor amargo dentro de ella. Después, con una pequeña pero elegante daga, nos hicimos un corte en la palma de nuestras manos. Castiel hizo el mío y yo hice el de él. Debo de admitir que, al cortar a Castiel, usé un poco más de la fuerza indicada y con el sentimiento de odio impregnado. Como me habían dicho, juntamo

