La casita en la que entramos era acogedora y no tan pequeña como creía. Era del tamaño del departamento de Castiel, tal vez un poco más grande, y las luces brillaban de manera débil y opaca. – Aquí será donde viviremos. – Dijo Castiel soltando mi mano por fin. La cerré en un puño y una sensación de disgusto me invadió al sentir la sangre seca de Castiel en ella. – Es bastante espaciosa. Espero te guste. – Su voz era suave y amable. Sus ojos brillaban gustosos y yo evitaba su mirada. Se acercó a mí y me envolvió en sus grandes y fuertes brazos. – Hoy te ves más guapo de lo normal. – Su barbilla descansaba en mi cabeza y me revolví incómodo. Odiaba que hiciera todo ese acto de tratar de ser gentil y cariñoso. – Sólo hazlo de una vez. – Castiel se quedó en silencio durante unos segundos y d

