Mi espalda chocó contra algo duro. Podía sentir como el piso había desaparecido debajo de mis pies y el cuerpo comenzaba a dolerme. Abrí los ojos y me encontré con el rostro enfurecido del lobo pardo. Su boca se había abierto notablemente y me mostraba unos diente afilados. Traté de moverme un poco, escapar de la tormenta que se avecinaba, pero fue inútil. Todo esfuerzo lo era.
– ¿Por qué apestas a otro macho? – Rugió. Tragué saliva con dificultad y las manos que tomaban mi chamarra se agitaron con violencia, haciendo que mi cuerpo volviera a golpear contra la pared. – ¡Responde! – Empecé a temblar y mi garganta se secó completamente. No quería decirle nada ni darle explicaciones, pero estaba seguro de que era mejor que las diera si quería salir vivo de ahí. Con esfuerzo, logré pronunciar:
– Me froté contra uno. – De inmediato me di cuenta que había cometido un error. Su rostro se volvió de piedra y comenzó a gruñir. El sonido era bajo, aunque podía sentirlo vibrar en mi ser. Su agarre se hizo más fuerte y mi respiración se hizo más restringida.
– ¿Te crees capaz de borrar mi marca de ti, eh cachorro estúpido? – Su voz parecía una mezcla de sonidos extraños. Estaba distorsionada por la ira. – Al parecer lo que te hice no fue suficiente. – Horrorizado noté como comenzaba a restregarse contra mí. Su rodilla se había metido entre mis pierna y me había dejado caer en ella, sin soltarme. Una oleada de asco y repugnancia se apoderó de mi cuerpo cuando su boca asaltó la mía. La abrió de manera feroz e introdujo su lengua hasta mi garganta. Traté de cerrarle el paso, pero su rodilla empujó mi entrepierna y abrí la boca del dolor, haciendo que el pardo aprovechara la oportunidad para meter su lengua de nuevo. Su cuerpo no dejaba de frotarse contra mí y un escalofrío bajó por mi columna cuando algo duro y grande comenzó a aparecer en sus pantalones. Lágrimas salían de mis ojos y escurrían hasta mi barbilla. La impotencia me atacó de nuevo y me sentí patético y vacío. Incapaz de defenderme de un loco maniático. Ya ni siquiera ponía resistencia; lo único que quería era que terminara, que se detuviera y que me dejara disfrutar de la obscuridad en paz.
Suspiré de alivio cuando caí al suelo. Mi boca estaba llena de saliva y sabía a tabaco, mi cuerpo pesaba más de lo normal y mi ropa estaba ligeramente húmeda. Abracé mis rodillas con rapidez y hundí mi rostro en ellas. Aun podía sentir su presencia, y él parecía dudar en el siguiente paso que debía dar. Lloré de felicidad cuando lo oí partir y el sonido de su moto alejarse.