Sin que yo quisiera, y muy a mi pesar, los días pasaban rápido. Lo único bueno era que Castiel había dejado de visitarme tan seguido a la escuela. Según había entendido, era porque la universidad lo tenía atareado, la universidad y su familia. La verdad me daba exactamente igual la vida privada de Castiel, aunque dentro de unos días también sería mi vida privada y estaría viviendo con su manda. Sólo el imaginarme conviviendo con esas bestias salvajes e irracionales me causaba escalofríos. Fue entonces cuando empecé a apreciar a mi manada. En las noches, cuando salíamos a estirar las patas, trataban de pasar el mayor tiempo posible conmigo; y, a pesar de que prefería estar solo hundiéndome en mi propia desgracia, agradecía su gesto de camaradería. Mamá había adquirido un humor espeluznante

