– Suéltame. – Mi voz era fuerte y clara. Demandaba obediencia. Castiel me aprisionó con más fuerza y su mirada mostraba el enojo que se estaba creando dentro de él. – No. – Empujé su pecho pero pareció inútil. En cambio, el empezó a besarme el cuello con fogosidad. Su aliento golpeando mi piel me causaba escalofríos, y cuando sus dientes rozaron mi carne, contuve la respiración, inquieto. Estaba harto. Siempre lo estuve, y en ese momento quemaba. Mi mejor amigo había sido golpeado, incluso él había salido lastimado y todo por un berrinche infantil. Sabía que iba a arrepentirme de mis decisiones, pero no me quedaba otra opción. Esperé a que el rostro de Castiel estuviera a mi alcance y enterré mis dedos en sus heridas. Él aulló del dolor y yo aproveché para bajarme de su regazo; pero fui

