Estiro los brazos y el sofoco, de pronto me aplasta como un bloque de concreto. Con lentitud empiezo a batir los párpados, necesito salir de mi mundo de ensueño, abrir los ojos y entender porqué demonios siento tanto calor y un peso extra sobre mi cuerpo. El sol me da de lleno en la cara enseguida que consigo despabilarme y sin saber exactamente qué hora es, doy media vuelta en la cama. Giro a mi lado izquierdo y lo veo a Rashid, observándome con una sonrisa dibujada en el rostro, las pupilas enrojecidas y un semblante que delata su desliz de anoche. Trae el cabello ligeramente húmedo y el aroma a jabón de flores sumado al dentrífico mentolado es lo primero que invade mis fosas nasales. No dice absolutamente nada, simplemente me mira, al tiempo que acaricia mi cabello. —¿Te duchaste

