Dudando se paraliza en el lugar y es mi otra mano, la que extiendo en su dirección como una invitación a continuar, lo que finalmente le convence de entrar. Cruza el umbral y de inmediato su cuerpo se sostiene contra la pared. —Estás muy borracho —susurro acercándome aún más a él y pasando su brazo izquierdo por mis hombros. —No... M-me siento borracho —balbucea. —Pues lo estás —ratifico—. Vamos. —¿A dónde? Sujeto con fuerza su cadera y lentamente atravesamos la salita. —A mi cuarto —murmuro—. Te vas a duchar y luego vas a dormir. —¡No quiero! Mis pasos cortos y los suyos torpes se detienen abruptamente cuándo Bruna se interpone en nuestro camino. —¡Pero miren quién está aquí —exclama, cruzándose de brazos y sonriendo maliciosa—, el ebrio número uno! Le lanzo una mira

