Camino rápido y salgo del café. No me importa la lluvia, el agua helada mojándome los pies, o el intenso frío. Mi corazón late a mil. Mis piernas tiemblan como gelatina en cada zancada que doy. Se me reseca la garganta y me arde el pecho cuando me paro frente a él. Estoy agitada, congelada, pero sobre todo asustada. Sus ojos destellando enojo y su cara tan inexpresiva pero a la vez sombría me amedrentan. —¡Nicci, nena! —esa es la voz de Renzo. La puta voz de Renzo que eriza los vellos de mi piel. Me siguió. Es tan idiota que no hizo caso a mi advertencia. Me siguió. Cierro los ojos por un momento, trago saliva y los abro. Ahi está su cara, implacable. Allí están sus hermosos ojos negros, que ya no me miran a mí, sino por encima de mi hombro. —Rashid —susurro atemorizada—...

