Mi corazón empieza a latir fuerte. Golpea mi pecho y hasta parece que se me va a escapar por la boca. Estoy tan ansiosa. Respiro hondo y con lentitud voy soltando el aire. Aprieto entre mis dedos el juego de llaves con el cuál Rashid me ha sorprendido. Lo hago hasta que mis palmas duelen. No puedo hablar. Es tal mi emoción que me quedé sin palabras. Esto era lo que queríamos los dos. Vivir juntos, en nuestra propia casa. Y nuestra propia casa se encuentra a tan solo unos pasos y un portón, de distancia. —¿Acaso no sientes curiosidad por ver lo que hay detrás? —pregunta en un tono de voz bajo. Poniéndose delante de mí—. ¿No? —se encoje de hombros y empieza a retroceder—. Bueno. Entraré solo. —¡No! —se detiene y me enseña su sonrisa roba pantaletas—. ¡Quiero ir! ¡Quiero entrar!

